13 julio 2008

CULTURAS y DEMOCRACIAS



Es cierto que en los Estados late una base cultural más o menos común, pero no es cierto que eso sea lo que nos trae los Estados modernos.
De hecho, la llegada de los Estados se produce a través de diversos avatares históricos, centralizados sobre la autoridad regia, de los príncipes, etc.

Así, los matrimonios reales, las guerras, los acuerdos diplomáticos, los pagos de impuestos, etc., van configurando unas estructuras políticas sobre las cuales recae la autoridad del Soberano, con más o menos matices.
Esta unidad en el Soberano aporta, indudablemente, un fondo cultural común que se suele unir ya a otras características culturales comunes existentes previamente y generadas a lo largo de la historia.

Pero no es la cultura común lo que lleva a esa unidad, sino que, si acaso, se trataría del proceso inverso: la unidad genera cultura común y diferenciada de otras culturas que con anterioridad a la unidad eran bastante más próximas.

Es decir, lo común puede no unirse y lo que no es común puede unirse y llegar a ser común.

De hecho, no hay más que ver cómo Portugal, que de ser un condado legado como dote a su hija por Alfonso VII, se constituye en reino cristiano de la península, como cualquier otro, y pasa a ser parte de la corona española con Felipe II, pasando a ser nuevamente independiente al hacer uso de los derechos de Joao de Braganza (Juan IV) al trono, puesto que era biznieto de Manuel I de Portugal (como Felipe IV), consiguiendo, con la ayuda de los ingleses, imponerse al monarca español.

¿Alguien duda de que la historia podría haber dirigido a Portugal hacia su pertenencia a España y que la cultura portuguesa y española tendrían una mayor unidad?, ¿duda alguien, incluso, que si Fernando el Católico hubiera tenido un hijo con Germana de Foix, podría haber cambiado radicalmente la historia de España?
No lo creo.

Por tanto, los Estados se van configurando a través de guerras, matrimonios, tratados, relaciones económicas, etc.
Y se van unificando sobre la cabeza del Soberano, que es sobre quien recae, como su propio nombre indica, la soberanía.

Pero cuidado, porque todavía estamos hablando de Estados a secas, no de Estados democráticos.

El auténtico cambio que se produce con el advenimiento de la revolución ilustrada y con el Estado liberal, el auténtico cambio que trae el Estado democrático, es que la soberanía, que recaía en el soberano, pasa a recaer en el pueblo, entendido como conjunto de ciudadanos, no como esencia étnica, ni cultural, ni gaitas en vinagre.

No: el pueblo entendido como conjunto de ciudadanos que permanecían bajo la órbita de soberanía del soberano, ya sea Rey, Emperador o príncipe. Ese pueblo constituido a lo largo de la historia y que engloba a etnias y culturas.

De hecho, es una base fundamental del pensamiento ilustrado y del liberal, la igualación de los derechos de los ciudadanos por encima de las diferencias étnicas y culturales, por encima de las tradiciones.

Las diferencias étnicas se trascienden en favor del individuo.

Los derechos políticos (los cuales dimanan de la soberanía) no se hacen recaer en las particularidades culturales, ni étnicas, sino todo lo contrario.

Esa es la nación liberal, la nación de la Constitución cuyo pueblo es el conjunto de los ciudadanos y no las particularidades raciales o étnicas.
Frente a esta corriente democratizadora, surgen los contrarrevolucionarios y los románticos alemanes, que apelan al espíritu del pueblo, un pueblo que ya no es el conjunto de ciudadanos bajo el mismo soberano, sino un pueblo que es pura esencia racial o étnica.

Desde la perspectiva contrarrevolucionaria, el pueblo es anterior a los individuos, éstos quedan determinados por esa esencia.

Y si es, según este parametro, esa esencia étnica, esa esencia metafísica, la que rige nuestras vidas y la que nos determina, entonces, la organización política ha de satisfacer, antes que a nada, a esa esencia del pueblo, ese "volksgeist", ese espíritu del pueblo.
Es a ese pueblo étnico al que le correspondería articularse políticamente bajo este prisma.

Ni que decir tiene que los defensores de estas doctrinas políticas y de esta línea del pensamiento han sido lo más carca entre lo carca, lo más casposo entre lo casposo y que en la base de su pensamiento late el horror ante la pérdida de un universo de tradiciones de una sociedad estamental, donde algunos disfrutaban de notables privilegios.

Como supongo queda claro, el nacionalismo vasco tiene estas mismas raíces, pero potenciadas además por un subnormal xenófobo y mitómano como Sabino Arana.
Ascendiente del que en ningún modo reniega el nacionalismo vasco actual, que nos castiga con calles en honor de semejante pájaro, que tiene un premio con tal nombre y que su principal Fundación lleva a Arana por distintivo.

Por eso a muchos nos hace gracia ver de la manita a tanto supuesto izquierdista que lo que le sucede es que no tiene los conocimientos suficientes para darse cuenta de que está haciendo el juego a los postulados más rancios de los últimos dos Siglos.

Por eso a muchos nos da miedo que se haga recaer el derecho a la soberanía en las diferencias étnicas y culturales.

Por eso, muchos nos oponemos al actual nacionalismo vasco, gallego o catalán y lo calificamos como antidemocrático, por más que apele a referendum y otras votaciones al margen de la Ley.

Por eso he escrito un texto demasiado largo para explicar algo que a día de hoy debería ser bien sabido en nuestra tierra, principal reducto en Europa de doctrinas carpetovetónicas cuyo fondo democrático es sólo apariencia.

Zaldumbide (La senda de los Caballeros)

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1 comentario:

  1. En estos tiempos, a los tipos como yo se nos mira cual si fuésemos enfermos del mal divino. Sucede así porque aún podemos ver los pilares sobre los que descansa nuestra civilización. El resto, ahogados en la comodidad y en las consignas no ven pilar alguno. Son tan simples como la primera ley de la termodinámica, postulada en base a que alguien o “algo” aporta continua e indefinidamente (y “by face”) la energía que se transforma (y ese sería otro tema de debate).

    En resumen: cuando no percibes las bases o pilares, igual da que existan o no.

    Poco importa que sea constatable que una mala empresa está condenada a la quiebra (transmutando aquí empresa por nación), porque el caso es que hoy estamos (están) creando una serie de empresas mal organizadas, mal dirigidas y peor administradas, ignorando las inexorables leyes del mercado, físicas y deontológicas (vuelvan a cambiar empresa por nación y estaremos en el buen camino).

    Podría recurrir a cientos de axiomas proporcionados por las leyes físicas, de las del mercado, e incluso a postulados filosóficos, pero seguiríamos igual. Seguiríamos atascados en el problema, pues, plagiando descaradamente a Albert, dos cosas considero inmensas: la infinitud del universo y la imbecilidad humana; y si bien no estoy seguro de la primera, por el contrario estoy muy cierto de la segunda.

    Lo que no alcanzo a comprender es la actual negación de la propia existencia. Ya sabemos que a la materia le acompaña la indefectible antimateria, pero la catástrofe del encuentro entre ambas no ocurre porque sí. Se rige (o eso se cree comunmente) por las leyes físicas.

    En oposición a lo anterior, hemos entrado en una fase de rápida degradación que, forzosamente, nos llevará a la implosión de la nación. Puedo comprender que algunos individuos deseen esa catástrofe por maldad pura y dura, o por algún desconocido método de prosperar.

    Lo que no puedo comprender son las razones objetivas del resto para obrar de tal manera. Bueno, al menos no puedo comprender que saquen del frenopático la momia de Blas Infante como justificación.

    Quizás es que no hemos prestado la atención debida a nuestros hijos. No todos podemos abandonar nuestros quehaceres para dedicarnos exclusivamente a instruirles en historia, geografía, matemáticas y lenguas. Tampoco hemos podido tomar la precaución de no atiborrarles con datos generales, poniendo especial énfasis en instruirles en la capacidad de pensar por sí mismos, más que en el uso puramente mecánico de la memoria.

    Fue eso lo que hizo precisamente el padre de Pascal. Blaise Pascal fue educado de forma muy rigurosa por su padre, quien presintiendo las cualidades del niño se jubiló de su empleo de funcionario para dedicarse en cuerpo y alma a su enseñanza.

    Más tarde el propio Pascal rubricaría la definición del hombre que es básica para nuestra actual concepción: “el hombre no es más que una caña, la más débil de la naturaleza. Pero es una caña que piensa”.

    Claro está: no hay muchos padres como el de Pascal y, decididamente, muy pocos niños podrían hoy llegar a ser Blaise.

    Nos jactamos a menudo de haber conseguido dominar el crecimiento económico, de haber alcanzado un alto grado de civilización. Pero, en cambio, constantemente nos vemos rodeados por conflictos, prejuicios raciales, guerras y odios diversos que impiden cualquier razonable organización del desarrollo (humano).

    Generaciones anteriores y posteriores han sido alimentadas a base de prejuicios y distorsiones. Debido precisamente a ello, han sido y serán incapaces de promover aquéllas condiciones que faciliten el advenimiento de un mundo abierto; un mundo en el que la convivencia y el desarrollo de las facultades y satisfacciones personales se produzcan pacíficamente.

    Quizás nuestros hijos estén en condiciones de hacerlo si somos capaces de eliminar los corsés educativos que niegan a la mayor todo lo anterior.

    ¿Pero seremos capaces?

    No sé si me he expresado con la debida consecuencia. En cualquier caso espero sepan excusar las torpezas, y comprender que Ibaia sólo es una caña que piensa.

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