Sólo con la filosofía de Groucho se puede entender la "ética" de una señora llamada Laura Gómiz y que presidía una sociedad llamada Invercaria, (todo un entramado público para sufragar a amigos y parientes en Andalucía). En una de las conversaciones intervenidas la señora Gómiz admite que si tuviera ética no estaría trabajando en esa organización.
Enterados quedamos.
Lo que toca ahora es Invercaria pero antes tuvimos Gürtel, Malaya, Gescartera, y un largo etecé que entronca con la noche de los tiempos, pasa por los Siete Niños de Écija, un cuñado de "El Tempranillo" y un primo de "El Pernales".
Se comprueba que junto a la crisis económica cabalga en paralelo una crisis moral que cada día nos abre más los párpados y nos lleva de asombro en pasmo. España es un buen lugar para instalar un parque temático del delincuente sin complejos.
A la señora Gómiz la ética se la sopla como soplaba el viento en las velas del Juan Sebastián Elcano: a mayor acusación de choriza más luce la dama. Su nombre se añade al de una larga serie de mangutas.
En cierto sentido nadie mejor que ella podría ejercer su trabajo puesto que al carecer de ética se carece de escrúpulos y se llega muy lejos, todo es cuestión de extirpar el músculo de la buena conciencia y ya está, asunto solucionado y ya se puede ejercer el latrocinio sin miedo a tener resaca.
Se puede aplicar aquí una sentencia de Groucho Marx : "disculpen que les llame caballeros pero es que todavía no les conozco bien".
Los no éticos llenan las calles con sus coches oficiales de tal manera que parecen "zombies" con cocheros. Mucho se habló de la Gripe A pero éstos si que son una plaga como las bíblicas de Egipto.
A su lado corre peligro todo lo que brille, de hecho el tesoro del galeón "la Mercedes" ha estado seguro durante doscientos años en el fondo del mar; ahora que ha vuelto a España es cuando corre mayor peligro.
etica publica
TELLAGORRI Bureau
06 marzo 2012
05 marzo 2012
Agitador millonario
El anticapitalista Ladislao Martínez tiene fincas del tamaño de 15 Bernabéus y un piso en Chamberí pagado al contado. Anticapitalismo de Mercedes-500 y cubertería de plata. Así podría resumirse la filosofía de vida de Ladislao Martínez, el líder de la marea azul, la plataforma que se opone a la privatización del Canal de Isabel II.
Martínez vive hoy su gran día. Él ha sido el promotor del referéndum popular contra la privatización del 49% de la empresa pública del agua madrileño. Más de 300 mesas constituidas en barrios de la capital y municipios de la región darán una opinión apenas simbólica sobre esta operación.
Pero al margen de esta rebelión del agua, Ladislao Martínez es un activo militante de Izquierda Anticapitalista. Licenciado en Químicas, ecologista y experto en energía, lleva más de 30 años combatiendo a la derecha desde diferentes publicaciones y páginas web.
Sin embargo, sus encendidos ataques contra el capitalismo y a favor de la okupación (Ocupemos las calles de todo el Estado, decía esta misma semana), contrastan con sus millonarias propiedades.
Entre ellas, destaca un céntrico piso de 134 metros cuadrados en una privilegiada zona de Madrid. Martínez lo compró en plena burbuja inmobiliaria, con el precio de la vivienda en su pico más alto y no está gravado con ninguna hipoteca. Es decir, pagó la casa al contado. Y su valoración en el año 2005, cuando lo compró, era de más de 600.000 euros (100 millones de las antiguas pesetas).
Pero es que además, Ladislao Martínez encabeza la participación en la titularidad de un total de cuatro fincas rústicas ubicadas en el municipio conquense de Garcinarro, que suman una superficie equivalente a 15 veces el estadio de Santiago Bernabéu y cuyo uso está catalogado como para "cereal de secano". Concretamente, las cuatro fincas suman una superficie total de 15 hectáreas, 23 áreas y 86 centiáreas. Es la otra vida de Martínez: la de terrateniente.
Porque en su día a día ha participado activamente en grupos como Aedenat y después Ecologistas en Acción, de los que fue portavoz de energía durante 20 años. Participó en la redacción de diversos planes energéticos alternativos y siempre estuvo muy comprometido en la lucha contra la energía nuclear desde su instalación en España.
Suele publicar artículos con bastante regularidad en páginas como rebelion.org, radioklara.org y anticapitalistas.org, donde hace llamamientos a "unificar las luchas, hacer que las distintas mareas que están en marcha (la verde de la Educación, la blanca de la Sanidad, la violeta del movimiento feminista y la del 15-M) confluyan y preparen un plan de movilizaciones sostenido en el tiempo, que debe incluir todo tipo de acciones".
La pregunta que se cae por su peso es ¿Dónde se escondía este Bakunin celtíbero durante los últimos siete años? Quizá estaba en Cuba cortando caña "ecológicamente".
agitador millonario
Martínez vive hoy su gran día. Él ha sido el promotor del referéndum popular contra la privatización del 49% de la empresa pública del agua madrileño. Más de 300 mesas constituidas en barrios de la capital y municipios de la región darán una opinión apenas simbólica sobre esta operación.
Pero al margen de esta rebelión del agua, Ladislao Martínez es un activo militante de Izquierda Anticapitalista. Licenciado en Químicas, ecologista y experto en energía, lleva más de 30 años combatiendo a la derecha desde diferentes publicaciones y páginas web.
Sin embargo, sus encendidos ataques contra el capitalismo y a favor de la okupación (Ocupemos las calles de todo el Estado, decía esta misma semana), contrastan con sus millonarias propiedades.
Entre ellas, destaca un céntrico piso de 134 metros cuadrados en una privilegiada zona de Madrid. Martínez lo compró en plena burbuja inmobiliaria, con el precio de la vivienda en su pico más alto y no está gravado con ninguna hipoteca. Es decir, pagó la casa al contado. Y su valoración en el año 2005, cuando lo compró, era de más de 600.000 euros (100 millones de las antiguas pesetas).
Pero es que además, Ladislao Martínez encabeza la participación en la titularidad de un total de cuatro fincas rústicas ubicadas en el municipio conquense de Garcinarro, que suman una superficie equivalente a 15 veces el estadio de Santiago Bernabéu y cuyo uso está catalogado como para "cereal de secano". Concretamente, las cuatro fincas suman una superficie total de 15 hectáreas, 23 áreas y 86 centiáreas. Es la otra vida de Martínez: la de terrateniente.
Porque en su día a día ha participado activamente en grupos como Aedenat y después Ecologistas en Acción, de los que fue portavoz de energía durante 20 años. Participó en la redacción de diversos planes energéticos alternativos y siempre estuvo muy comprometido en la lucha contra la energía nuclear desde su instalación en España.
Suele publicar artículos con bastante regularidad en páginas como rebelion.org, radioklara.org y anticapitalistas.org, donde hace llamamientos a "unificar las luchas, hacer que las distintas mareas que están en marcha (la verde de la Educación, la blanca de la Sanidad, la violeta del movimiento feminista y la del 15-M) confluyan y preparen un plan de movilizaciones sostenido en el tiempo, que debe incluir todo tipo de acciones".
La pregunta que se cae por su peso es ¿Dónde se escondía este Bakunin celtíbero durante los últimos siete años? Quizá estaba en Cuba cortando caña "ecológicamente".
agitador millonario
04 marzo 2012
Gilipolleces trendy
Lo juro por Snoopy y el Barón Rojo. Cada vez que me choteo de una estupidez de género y en el acto se descuelga una talibana mentándome a la madre, quiero corregirme. Hallar el camino y ver la luz, como Paulo Coelho.
Advierto, por ejemplo, que las ultrarradicales del negocio nunca se meten con las revistas femeninas, e incluso algunas ocupan puestos de responsabilidad en ellas; velando, supongo, para que allí todo sea canónicamente no sexista. Buena será el agua cuando no la maldicen, concluyo.
Por eso el otro día decidí sumergirme en busca de doctrina, leyendo una de esas revistas con consejos del tipo "Cómo lucir joven a los 80", "¿Quieres oler bien?" y "Divina de la muerte a todas horas". Así que fui al kiosco. A ver cómo plantean el feminismo práctico, me dije.
Con la que está cayendo, habrá algo interesante para reorientar la economía doméstica, encontrar trabajos dignos y cosas así. Algo útil de verdad. Y en efecto; apenas abierta una revista, leí: Además de ecológica y saludable, la bicicleta para ir al trabajo es muy trendy".
Y pensé: promete. Pero me quedé corto. La bici era lo de menos, porque lo delicioso estaba en otro sitio: consejos para que una señora adelgace sin esas vulgaridades de sudar, nadar, correr o pegarse caminatas. Lo trendy es otra cosa, mariposa. Más cool.
Mantenerse en forma desde el sofá, según el texto, está al alcance de cualquiera. La dama en cuestión está viendo "Sálvame", por ejemplo; y para quitarse, como es su obligación, esos kilos que sobran después de ir por los niños al cole y calzarse horas de cocina, plancha y fregote al salir del curro, si lo tiene, bastará con ponerse bajo los glúteos unos electrodos que agitan los antedichos glúteos mediante una técnica de autoestimulación llamada Personalfitness Forladies, o algo parecido. Aunque, si la prójima es de natural aventurero, en vez de autoestimularse el fitness sentada puede hacerlo de pie, con un sistema para videoconsola llamado, creo, My Digitalbody is Rich: un simulador de baile que usan las estrellas de Hollywood, "que nos hace levantarnos del sofá para realizar una actividad saludable y compatible". En torno a la tabla de planchar, por ejemplo. O mientras limpia cuartos de baño.
Pero la joya del asunto es el shopping-fit. "De tiendas -dice el artículo, con un par- pero en clave de ejercicio". Para reducir grasas no hay como ir de compras, a ser posible dejando el coche en un parking que obligue a caminar 15 minutos -en Madrid, de Goya a Serrano, sin ir más lejos o too far-.
Y si lo dejas en la planta cuarta, mejor. Más escaleras para tu cuerpo. Luego, el truco consiste en "ver tiendas; imagina unas dos horas de trabajo cardiovascular ligero con activación de la circulación". Pero mucho ojo, previene cauto el artículo. No te limites a buscar trapitos que estén a mano. "Enreda también en las estanterías bajas porque te obligarán a realizar flexiones que tonifican los glúteos". El regreso, cargada de bolsas, ofrece también una excelente oportunidad de personal training "equivalente a 15-25 minutos de trabajo cardiovascular a ritmo medio". Y ya puestos a rizar el rizo, si en vez de bolsas de Prada, Farrutx y Loewe -esto no lo dice el artículo, pero se deduce del contexto- la señora va cargada como una mula con bolsas de Carrefour, de Supercor o del mercado del barrio, el trabajo cardiovascular puede ser ya la pera limonera.
Echen cuentas. Calculen el nivel, Maribel, de personal training. Completado, a modo de guinda, por un consejo importante: "No olvides tu botellín de agua. El shopping-fit es una actividad que exige estar bien hidratada".
Pero eso no es todo. Lo más trendy para adelgazar, según la revista, es la cama. Estirar las piernas sentada mientras te bajas la cremallera de las botas altas de Manolo Blahnik. Luego, tumbada, rodar la pelvis y apoyar cada vértebra en el colchón "como si tu columna fuese un collar de perlas". Aunque la perla viene luego: "Espero a mi chico sentada sobre los huesecitos del glúteo... Por fin mi pareja se mete en la cama y aprovecho para hacer el último estiramiento con él".
En este punto, claro, me lancé ávido sobre esas líneas, dispuesto a aprender, con el nihil obstat de las asociaciones para igualdad de género subvencionadas por la Junta de Andalucía y demás Juntas pero no revueltas, los detalles de dicho estiramiento. Y leí, fascinado:
"Lleva tu pierna, flexionada, por encima de tu cuerpo hasta entrar en contacto con el cuerpo de tu chico -sobre maridos normales o pavos de cuarenta para arriba no se especifica nada-. Luego mantén la rodilla apoyada en él durante 20-30 segundos. Salta por encima de tu chico y repite esa posición con la pierna contraria".
Ahora cierren los ojos, e imaginen. Porfa. No me digan que no es trendy.
ARTURO PEREZ REVERTE
gilipolleces trendy
Advierto, por ejemplo, que las ultrarradicales del negocio nunca se meten con las revistas femeninas, e incluso algunas ocupan puestos de responsabilidad en ellas; velando, supongo, para que allí todo sea canónicamente no sexista. Buena será el agua cuando no la maldicen, concluyo.
Por eso el otro día decidí sumergirme en busca de doctrina, leyendo una de esas revistas con consejos del tipo "Cómo lucir joven a los 80", "¿Quieres oler bien?" y "Divina de la muerte a todas horas". Así que fui al kiosco. A ver cómo plantean el feminismo práctico, me dije.
Con la que está cayendo, habrá algo interesante para reorientar la economía doméstica, encontrar trabajos dignos y cosas así. Algo útil de verdad. Y en efecto; apenas abierta una revista, leí: Además de ecológica y saludable, la bicicleta para ir al trabajo es muy trendy".
Y pensé: promete. Pero me quedé corto. La bici era lo de menos, porque lo delicioso estaba en otro sitio: consejos para que una señora adelgace sin esas vulgaridades de sudar, nadar, correr o pegarse caminatas. Lo trendy es otra cosa, mariposa. Más cool.
Mantenerse en forma desde el sofá, según el texto, está al alcance de cualquiera. La dama en cuestión está viendo "Sálvame", por ejemplo; y para quitarse, como es su obligación, esos kilos que sobran después de ir por los niños al cole y calzarse horas de cocina, plancha y fregote al salir del curro, si lo tiene, bastará con ponerse bajo los glúteos unos electrodos que agitan los antedichos glúteos mediante una técnica de autoestimulación llamada Personalfitness Forladies, o algo parecido. Aunque, si la prójima es de natural aventurero, en vez de autoestimularse el fitness sentada puede hacerlo de pie, con un sistema para videoconsola llamado, creo, My Digitalbody is Rich: un simulador de baile que usan las estrellas de Hollywood, "que nos hace levantarnos del sofá para realizar una actividad saludable y compatible". En torno a la tabla de planchar, por ejemplo. O mientras limpia cuartos de baño.
Pero la joya del asunto es el shopping-fit. "De tiendas -dice el artículo, con un par- pero en clave de ejercicio". Para reducir grasas no hay como ir de compras, a ser posible dejando el coche en un parking que obligue a caminar 15 minutos -en Madrid, de Goya a Serrano, sin ir más lejos o too far-.
Y si lo dejas en la planta cuarta, mejor. Más escaleras para tu cuerpo. Luego, el truco consiste en "ver tiendas; imagina unas dos horas de trabajo cardiovascular ligero con activación de la circulación". Pero mucho ojo, previene cauto el artículo. No te limites a buscar trapitos que estén a mano. "Enreda también en las estanterías bajas porque te obligarán a realizar flexiones que tonifican los glúteos". El regreso, cargada de bolsas, ofrece también una excelente oportunidad de personal training "equivalente a 15-25 minutos de trabajo cardiovascular a ritmo medio". Y ya puestos a rizar el rizo, si en vez de bolsas de Prada, Farrutx y Loewe -esto no lo dice el artículo, pero se deduce del contexto- la señora va cargada como una mula con bolsas de Carrefour, de Supercor o del mercado del barrio, el trabajo cardiovascular puede ser ya la pera limonera.
Echen cuentas. Calculen el nivel, Maribel, de personal training. Completado, a modo de guinda, por un consejo importante: "No olvides tu botellín de agua. El shopping-fit es una actividad que exige estar bien hidratada".
Pero eso no es todo. Lo más trendy para adelgazar, según la revista, es la cama. Estirar las piernas sentada mientras te bajas la cremallera de las botas altas de Manolo Blahnik. Luego, tumbada, rodar la pelvis y apoyar cada vértebra en el colchón "como si tu columna fuese un collar de perlas". Aunque la perla viene luego: "Espero a mi chico sentada sobre los huesecitos del glúteo... Por fin mi pareja se mete en la cama y aprovecho para hacer el último estiramiento con él".
En este punto, claro, me lancé ávido sobre esas líneas, dispuesto a aprender, con el nihil obstat de las asociaciones para igualdad de género subvencionadas por la Junta de Andalucía y demás Juntas pero no revueltas, los detalles de dicho estiramiento. Y leí, fascinado:
"Lleva tu pierna, flexionada, por encima de tu cuerpo hasta entrar en contacto con el cuerpo de tu chico -sobre maridos normales o pavos de cuarenta para arriba no se especifica nada-. Luego mantén la rodilla apoyada en él durante 20-30 segundos. Salta por encima de tu chico y repite esa posición con la pierna contraria".
Ahora cierren los ojos, e imaginen. Porfa. No me digan que no es trendy.
ARTURO PEREZ REVERTE
gilipolleces trendy
03 marzo 2012
General Cabrera
Dormita Cabrera cuando el mayordomo inglés, un hombre enjuto y casi anciano, con patillas canas que le llegan hasta la mandíbula, golpea suavemente la puerta e irrumpe en la sala.
-Sir. Ha llegado el periodista Dado Zamora.
Cabrera abre lentamente los ojos, capaces todavía de centellear cuando se enfurecen o desconfían. Hace una seña con la mano al sirviente para que se acerque.
-¿Cómo es ese periodista? Usted es un buen observador, James.
-Si me permite decirlo, y ya que lo pregunta, creo que su figura no se corresponde exactamente con la de un caballero.
-Ya no quedan caballeros, James. Todos mueren en las guerras; lo que resta es la morralla.
Un poco sorprendido por tan drástica afirmación, el mayordomo permanece firmes, sin atreverse a asentir expresamente. El señor es español y, por lo tanto, debe de estar un tanto chiflado. Dice que es conde, pero en España ser conde será algo al alcance de cualquiera. Si está a su servicio es por la señora Marianne, la verdadera dueña de la mansión y quien le paga.
-Hazle pasar.
Instantes después, pisando con tranco irregular y cauteloso el piso de brillante madera ennegrecida, aparece un individuo de talla media, grueso y más próximo a los sesenta que a los cincuenta años. No puede decirse de él que sea un adonis.
A su cara, un tanto mofletuda, le falta un ojo, lo que le obliga a llevar parche, y la oreja izquierda, reducida a la mitad, le cuelga como una pequeña masa informe de carne. Al verlo avanzar, el general observa que renquea de la pierna derecha, rígida como el palo de una vela.
-Dado Zamora, señor. Es un honor poder presentarme a vuecencia y estrecharle la mano.
El anfitrión le extiende la mano sin levantarse del sillón. -Llámame general o señor conde de Morella.
-Sí, mi general.
Cabrera pronuncia en voz alta lo que está pensando.
-Tiene usted más heridas de las que a mí me hicieron en dos guerras.
Darío asiente con una inclinación de cabeza. Mentalmente retrata al personaje.
Bajo de estatura, de ojos aún penetrantes. Pelo y cejas canas, bien arqueadas, que se cruzan sobre la nariz. Cabeza bien proporcionada, bigote y patillas cortos. Boca regular, nariz de ventanas anchas, continuamente dilatadas por la respiración un tanto acelerada y fatigosa. Dientes aún enteros, mentón saliente, aspecto severo y piel amarillenta. Un temperamento sanguíneo-nervioso en las postrimerías, con un orgullo desmedido que la edad no ha acabado de hundir.
Zamora recuerda lo que algunos que le conocieron de joven dicen de él en Madrid: que nada le detuvo en las grandes empresas, aunque ahora, ahí sentado, parezca achacoso, con pocos bríos para moverse, y el invierno de la vida le esté pasando cruel factura. Un anciano que todavía no ha dado por satisfecho su amor a la gloria. Eso piensa decir Zamora de él en su periódico.
-En efecto, general. Oficiar la verdad es un sacerdocio peligroso. Un martirologio, pero los periodistas nos debemos a ella.
-No me venga usted con historias, Zamora. Yo sé muy bien cómo se fabrican las verdades. Pero siéntese y dígame lo que desea.
-Una entrevista para El Imparcial, mi periódico. En estos tiempos turbulentos, sus palabras podrían servir de faro a un país como España, atribulado por la calamidad política.
El bigote canoso de Cabrera se ladea en un rictus incrédulo.
-¿Usted cree que puede interesar a alguien los recuerdos de un viejo soldado? Y aunque interesaran, de nada serviría. En España, la gente nunca aprende de la experiencia. Creo que ha hecho el viaje en balde, lo que yo pueda decirle no vale la pena.
-Sigue siendo usted una figura mítica, un hombre de convicciones que luchó por la patria... a su manera.
-Convicciones que no deben de ser las suyas -ironiza Cabrera-, porque su periódico, por lo que sé, es de inclinación liberal-democrática. Desde luego, ningún carlista trabajaría en él.
-Cierto, general, pero aunque procuramos mostrar en la sección doctrinal nuestro pensamiento con sensatez no exenta de firmeza, informamos en la sección de noticias de todo aquello que pueda interesar al lector menos preocupado de lo que ocurre en el mundo. Además, nuestra maquinaria es de lo mejor, importada de la fábrica Marinoni de París, capaz de imprimir veinte mil ejemplares por hora, sin más esfuerzo humano que el de unos cuantos operarios. Ya sabe usted que nuestro fundador.. .
-¿Y esas heridas? -le interrumpe el general.
Darío duda un poco en confesarse, pero piensa que debe ganarse la confianza de aquel energúmeno, el famoso TIgre del Maestrazgo, si quiere sacar algo en limpio del viaje que ha hecho hasta Inglaterra para entrevistarle.
El general hablará, y luego ya se encargará él de sazonar convenientemente las declaraciones.
No es que vaya a falsear lo que dice, no, pero subrayará lo conveniente y omitirá lo inadecuado para orientar al lector. Desde luego, no ha llegado hasta allí para dar publicidad al discurso de un faccioso.
-El ojo lo perdí en Cartagena, donde trabajé de redactor en El Cantón Murciano. Aquello fue muy duro, general. Nos bombardearon con cañones de artillería gruesa, y la ciudad quedó como un solar -le contesta Zamora con cierto orgullo.
Lo del cantón se lo ha inventado, porque el ojo se lo reventaron en una trifulca tabernaria, pero le gusta fantasear con el asunto.
-La pierna -prosigue, esta vez con verdad- casi la pierdo en la intentona progresista del cuartel de San Gil en Madrid, de la que sin duda habrá oído hablar. En cuanto a la oreja, me la arrancaron en un duelo cuando trabajaba en el periódico El Combate.
-No me diga. ¿Ese panfletucho federalista que dirigía Paul y Angulo?
-En efecto, general. Si es que así quiere llamar a un diario que luchó contra viento y marea por la libertad, combatiendo a los partidos monárquicos.
-No me venga con esas monsergas. Ustedes mataron a Prim. Un militar honrado que merecía mejor suerte que caer acribillado en la calle por una pandilla de asesinos.
-Él y Sagasta nos persiguieron mucho, general. Enterraron la libertad de prensa. Sólo en un mes, nos retiraron el periódico de la circulación ocho veces, pero nosotros no lo matamos.
-¿Quién ha sido entonces? ¿Ese intrigante del duque de Montpensier que quiere casar a su hija María de las Mercedes con el nuevo rey Alfonso? Menudo pajarraco.
-No puedo decirle, general. Prim tenía muchos enemigos. Algunos declarados y la mayoría en la sombra.
Cabrera da por zanjado el debate. Ha catalogado a su interlocutor, políticamente, como un exaltado, seguramente afín al partido republicano federal, un insurrecto contra cualquier orden.
Algo parecido a lo que él mismo era de joven, aunque en su caso existiera la creencia en Dios y en aquel rey don Carlos, inepto y bienintencionado, que nada sabía de ejércitos y que se dejó dominar por sus dos mujeres, para colmo hermanas.
-Bueno, dejemos eso. Yo apenas leo los periódicos, aunque algunas veces recibo los de la causa... El Pensamiento Español, El Oriente, La Esperanza, La Regeneración... El resto de la prensa me parece un charco de inmundicia, la boca por la que habla el diablo al mundo.
No le incluyo a usted, porque no le conozco, pero cualquier redactor se vende al moro Muza si éste le da dinero.
Hace unos años quise hacer un periódico en Bruselas para defender el ideario tradicionalista. Encargué la misión a un gacetillero que parecía de fiar, pero me engañó. Todo lo que quería era sacar cuartos, y cuando los tuvo, desapareció.
-Hasta entre los doce apóstoles hubo un Judas -responde quedo Dado, un poco amostazado por la filípica.
El gran reloj del salón da las cuatro y por unos segundos la conversación se interrumpe. Cabrera hace sonar una campanilla y el mayordomo reaparece.
-Sirva a este señor algo de beber. ¿Quiere té o prefiere otra cosa? ¿Un coñac, por ejemplo?
Dado agradece el gesto del general y se decide por el coñac. Ya se le estaba quedando la boca seca.
Al poco, el servidor trae una botella de Napoleón sobre una bandeja de plata con dos copas de cristal tallado. Sirve una dosis generosa al periodista, y otra más pequeña para el general.
-Apenas puedo probar unas gotas -le dice Cabrera a Zamora-. Mi salud no me lo permite.
-Lástima --comenta con fingida pena el periodista, que de un solo buche se traga media copa. El coñac francés le sabe a zarzaparrilla azucarada comparado con los fieros brandys patrios.
-¿De qué quiere que hablemos? -pregunta Cabrera.
-Podemos empezar por hablar de la situación de la causa carlista, general. A los lectores les interesa la opinión de quien en otro tiempo tanto influyó en ese partido y estuvo a punto de llevarlo a la victoria.
-Bueno, empecemos ya. A mis años, poco tengo que ocultar.
Ligeramente inflamado por el coñac, Darío Zamora saca papel y lápiz y empieza sus preguntas. Recuerda las palabras de su director cuando le dio las últimas instrucciones en el periódico: "Le soy sincero, Zamora. Ya estoy harto de usted. O me trae una buena entrevista o váyase despidiendo".
Aquí, en esta casa, estuvo el ahora rey Alfonso XII antes de que lo proclamara Martínez Campos en Sagunto, cuando era cadete en la Academia Militar de Sandhurst. Parecía un buen muchacho, aunque algo alelado, y hablamos.
-Señor -le dije--, debéis hacer lo posible para cerrar la sangría que otra vez se cierne sobre España.
-¿Cómo? -respondió-. De sobra conocéis la testarudez de vuestros antiguos correligionarios cuando se lanzan al monte.
-Yo mismo -contesté- me ofrezco a ayudaros en las tareas de pacificación, trasladándome a España si es preciso, a riesgo de los achaques y la mala salud.
Me habló de Cánovas, en quien ha depositado toda su confianza, y le convencí también para que se reconociesen los fueros en las Provincias Vascongadas y Navarra, y los grados en la oficialidad del ejército carlista.
Prometió hacerme caso. En cuanto a mí, como sabe, me han respetado todos los méritos, grados, condecoraciones y el empleo de capitán general del ejército, con el sueldo que por reglamento me toca...
¿ Volver a España decís? . ..
Sí, pero cuando termine la guerra. Tampoco puedo llegar allí a ponerme del lado del gobierno mientras los míos sigan combatiendo. .. Y eso que los de la camarilla del rey Carlos VII se lo tendrían merecido después de lo que me hicieron en Suiza.
¿Cómo que qué me hicieron? Debe usted saberlo. Fue hace unos años.
Los cortesanos convocaron asamblea en Suiza para declararme hereje y fuera de la causa. A mí, que resistí luchando solo cuando todos los demás se habían rendido.
Por fortuna, el buen pueblo carlista no olvida, y sabe que mis razones son las que dictan el deseo de una paz honrosa y el interés de la patria.
Apunte eso, Zamora, que quede bien claro.
-Tomo nota, general. Pero ahora quisiera que habláramos de otra cosa. Hay un hecho sorprendente en la primera guerra en la que usted tomó parte.
Me refiero a la Expedición Real, cuando el pretendiente está a punto de entrar en Madrid. No acierto a explicarme qué pasó.
En lugar de atacar, se retiraron cuando la capital parecía -perdone que le diga- poco defendida, con posibilidad de ser ocupada con un golpe de audacia, y también.. .
-Déjese de zarandajas y vaya al grano. Si me pregunta por qué nos retiramos se lo diré claro: contubernio y traición. Tome nota.
El redactor finge asombro al escuchar esas palabras. Calcula que su gesto de falsa sorpresa hará hablar al general más de la cuenta. -¿Contubernio? ¿Traición? ¿De quién?
-No se haga el zonzo conmigo, Zamora. Usted sabe, como yo, que el Pretendiente y la regente se entendían. Se ha dicho muchas veces. Hasta el mismo General Gómez lo tiene escrito en una memoria que pensaba publicar poco antes de morir.
-¿Y era verdad? -Claro que era verdad.
-¿Y usted lo sabía?
-Lo sabía. Yo conocía los trapicheos de don Carlos con María Cristina porque me informaban mis espías en Madrid y en la corte del Pretendiente.
-¿Espías en Madrid? Eso es nuevo, general.
-Cállese y no me interrumpa, porque si no, no le cuento nada. ¿Quiere usted otro coñac?
A Zamora se le van los ojos a la botella como los de un halcón a las palomas. Ese coñac francés, aunque algo flojo, no está tan mal a fin de cuentas. Cabrera le escancia otra copa capaz de tambalear a un bucanero, y luego prosigue. Su relato se inicia con un hilo de voz que se va agrandando y afianzando poco a poco, con la seguridad que otorga el hablar de aquello que se ha vivido, y pensado y repensado muchas veces.
En la corte carlista, que entonces se hallaba en Oñate, bastantes personas estaban al tanto de la negociación, aunque el trámite no trascendiera a la tropa.
-Don Carlos -dice Cabrera- había recibido, por mediación de un marquesillo intrigante llamado Lagrúa, que trabajaba para el rey de Nápoles, una carta de María Cristina, cuyo ánimo estaba por los suelos después del motín de los sargentos de La Granja y los reproches del Vaticano por haber firmado el decreto desamortizador de Mendizábal. La carta dio pie a unas negociaciones en las que se estipulaba que la regente se acogería al cuartel general de don Carlos, con sus hijas Isabel y María Luisa, en cuanto nuestro ejército llegase a Madrid, pero la muy tunanta faltó a su palabra.
El momento, sin embargo, estaba maduro porque París y Viena habían acordado que el pretendiente abdicase a favor de su primogénito, y se arreglase el matrimonio de éste con Isabel, a título de rey, y con María Cristina como regente mientras durase la minoría de edad de su hija. Así es que, durante esos meses, María Cristina, por miedo a la revolución, estaba más que dispuesta a irse con don Carlos, al que puso tan sólo dos condiciones: el matrimonio de su hija y el perdón para todas las personas que se habían comprometido en la defensa de ésta.
Poca cosa para el pretendiente, que a cambio ganaba un trono para su primogénito, lo que en la práctica equivalía al triunfo de nuestra causa.
Es entonces cuando el rey de Nápoles envía a España a su mensajero, el barón de Milanges, que se entrevistó varias veces con don Carlos. Éste, dispuesto a todo con tal de llegar a un arreglo, sólo ponía como condición que Madrid se le rindiera sin efusión de sangre. Pero para eso, naturalmente, además de poner en conocimiento de la regente lo convenido, antes había que llegar a Madrid, y no llegar repartiendo flores, sino con un ejército, demostrando fuerza.
-Ahí tiene usted la verdadera razón de la Expedición Real Carlista, señor periodista.
Marchamos hacia Madrid pensando que la capital se rendiría y esperando que María Cristina nos abriera las puertas. Pero una vez iniciada la marcha, los días iban pasando y la respuesta no llegaba. Por eso fuimos tan despacio, dando un gran rodeo, para dar tiempo a que la regente comunicara su compromiso, aunque eso supusiera mermar las fuerzas de la tropa, ya muy castigada después de cuatro años de guerra.
Por fin, la respuesta de la bendita señora llegó en julio de 1837, cuando estábamos en Cherta, por donde pasó el Ebro el grueso de la Expedición.
-Una notable acción de guerra, general-comenta Zamora.
-En efecto, pero de no ser por mí, don Carlos se hubiera quedado en la otra orilla, porque el asunto no era tan fácil como a algunos estrategas de café les puede parecer ahora. Para cruzar el río se necesitaban lanchas, y las barcas no podían llegar a Cherta sin pasar antes por Tortosa, donde los liberales las apresarían.
Estuve dándole vueltas al problema hasta que pensé que si Napoleón había llevado sus cañones a las cumbres de los Alpes, igual podríamos nosotros subir las barcas por el monte y transportarlas hasta la orilla del río, corriente arriba.
-No hay que apurarse. Si las barcas no pueden ir por el río irán por la carretera -recuerdo que les dije a mis asombrados oficiales. De forma que ordené dirigimos a San Carlos de la Rápita, donde nos apoderamos de algunas lanchas que había en ese puerto, y colocadas sobre grandes carretones y rodillos, tiramos de ellas camino de Cherta, con los flancos cubiertos por las tropas escalonadas de Forcadell y Llangostera.
Ese mismo día, que debía de ser uno de los últimos de junio, don Carlos estaba dispuesto a pasar el Ebro, pero por fortuna pude convencerle de que en ese momento era imposible, porque Nogueras, el asesino de mi madre, acampaba en las proximidades de Mora, y la legión portuguesa que mandaba Borso di Carminati avanzaba desde Tortosa. Había que batirlos primero, impidiendo que se reuniesen las dos columnas, si queríamos franquear el río. Y eso hice.
Después de arengar a la tropa, pidiéndoles vencer o morir, cargué desde Cherca contra Borso, miencras empezaba a pasar el Ebro en lanchas la vanguardia de la Expedición, protegida por el fuego de Forcadell. Por fortuna, Nogueras no llegó a tiempo de reunirse con Borso, porque matamos al oficial que hada de mensajero e interceptamos la comunicación entre ellos. Uno de mis lugartenientes, Pertegaz, se encargó de frenar el avance.
-Tome usted sus medidas -le dije-, y si Nogueras ataca, defenderse hasta morir. Ante él acudí a pie, con el sable de mancar ceñido a la levita, sin faja de general ni charreteras, con la boina blanca en la cabeza y el látigo en la mano.
Yo nunca he necesitado de entorchados ni galones para que me conocieran y respetasen mis soldados, y hasta mis enemigos, pues en el combate iba delante montado en mi caballo, y en acampada, mi capa blanca y mi zamarra encarnada eran suficientes para que todos supieran quién era su general.
Pero sé que algunos cortesanos envidiosos me criticaron por acudir al rey sin el buen tono que prescriben las etiquetas. Ese día, la victoria y la cercanía del rey me granjearon más enemigos que elogios, ya ve usted qué absurdo resulta al final codo...
Confieso, como ya he escrito en mis memorias, que seguramente usted no habrá leído, que estaba envanecido y loco de contento después de la jornada de Cherta y al verme tan honrado por el rey, que me dio a besar su mano.
Don Carlos me convidó a que pasase a su lado en la barca y se moscró conmigo afectuoso como un buen padre. -Yo premiaré tu fidelidad y valor -me dijo. Y, en efecto, así lo hizo, porque aquel mismo día fui nombrado Caballero Gran Cruz de la orden milicar de San Fernando...
Durante el cruce, el rey me puso al corriente del objetivo último de la Expedición, y yo comprendí en seguida que aquello terminaría en desastre, ya que dependíamos sólo de la palabra de una viuda lagarta.
-¿Cómo están las cosas dentro de Madrid, majestad? ¿Tenemos partidarios suficientes?
Noté que el rey me respondió con evasivas, y deduje que en la capital se mantenían firmes los batallones de voluncarios, creados hada poco más de un afío, y los de la milicia nacional, que aunque peseteros peleaban bien.
Entonces, por mi cuenta y sin comentario ni siquiera con don Carlos, decidí activar la red de espías que Sombra dirigía en Madrid con el propósito de provocar un levantamiento que contribuyera a abrimos las puertas de la ciudad...
Por ahí tengo copia de algunos papeles que quiero que usted lea para que vea que lo que cuento no son fantasías de viejo...
Tellagorri
NOTA DEL BLOG
El jefe de espias liberales en zona carlista era Aviraneta (pariente de Don Pío Baroja), y el jefe de espías de los carlistas en Madrid era unicamente conocido como "Sombra" y debió de ser un alto cargo del Gobierno. liberal.
general cabrera
-Sir. Ha llegado el periodista Dado Zamora.
Cabrera abre lentamente los ojos, capaces todavía de centellear cuando se enfurecen o desconfían. Hace una seña con la mano al sirviente para que se acerque.
-¿Cómo es ese periodista? Usted es un buen observador, James.
-Si me permite decirlo, y ya que lo pregunta, creo que su figura no se corresponde exactamente con la de un caballero.
-Ya no quedan caballeros, James. Todos mueren en las guerras; lo que resta es la morralla.
Un poco sorprendido por tan drástica afirmación, el mayordomo permanece firmes, sin atreverse a asentir expresamente. El señor es español y, por lo tanto, debe de estar un tanto chiflado. Dice que es conde, pero en España ser conde será algo al alcance de cualquiera. Si está a su servicio es por la señora Marianne, la verdadera dueña de la mansión y quien le paga.
-Hazle pasar.
Instantes después, pisando con tranco irregular y cauteloso el piso de brillante madera ennegrecida, aparece un individuo de talla media, grueso y más próximo a los sesenta que a los cincuenta años. No puede decirse de él que sea un adonis.
A su cara, un tanto mofletuda, le falta un ojo, lo que le obliga a llevar parche, y la oreja izquierda, reducida a la mitad, le cuelga como una pequeña masa informe de carne. Al verlo avanzar, el general observa que renquea de la pierna derecha, rígida como el palo de una vela.
-Dado Zamora, señor. Es un honor poder presentarme a vuecencia y estrecharle la mano.
El anfitrión le extiende la mano sin levantarse del sillón. -Llámame general o señor conde de Morella.
-Sí, mi general.
Cabrera pronuncia en voz alta lo que está pensando.
-Tiene usted más heridas de las que a mí me hicieron en dos guerras.
Darío asiente con una inclinación de cabeza. Mentalmente retrata al personaje.
Bajo de estatura, de ojos aún penetrantes. Pelo y cejas canas, bien arqueadas, que se cruzan sobre la nariz. Cabeza bien proporcionada, bigote y patillas cortos. Boca regular, nariz de ventanas anchas, continuamente dilatadas por la respiración un tanto acelerada y fatigosa. Dientes aún enteros, mentón saliente, aspecto severo y piel amarillenta. Un temperamento sanguíneo-nervioso en las postrimerías, con un orgullo desmedido que la edad no ha acabado de hundir.
Zamora recuerda lo que algunos que le conocieron de joven dicen de él en Madrid: que nada le detuvo en las grandes empresas, aunque ahora, ahí sentado, parezca achacoso, con pocos bríos para moverse, y el invierno de la vida le esté pasando cruel factura. Un anciano que todavía no ha dado por satisfecho su amor a la gloria. Eso piensa decir Zamora de él en su periódico.
-En efecto, general. Oficiar la verdad es un sacerdocio peligroso. Un martirologio, pero los periodistas nos debemos a ella.
-No me venga usted con historias, Zamora. Yo sé muy bien cómo se fabrican las verdades. Pero siéntese y dígame lo que desea.
-Una entrevista para El Imparcial, mi periódico. En estos tiempos turbulentos, sus palabras podrían servir de faro a un país como España, atribulado por la calamidad política.
El bigote canoso de Cabrera se ladea en un rictus incrédulo.
-¿Usted cree que puede interesar a alguien los recuerdos de un viejo soldado? Y aunque interesaran, de nada serviría. En España, la gente nunca aprende de la experiencia. Creo que ha hecho el viaje en balde, lo que yo pueda decirle no vale la pena.
-Sigue siendo usted una figura mítica, un hombre de convicciones que luchó por la patria... a su manera.
-Convicciones que no deben de ser las suyas -ironiza Cabrera-, porque su periódico, por lo que sé, es de inclinación liberal-democrática. Desde luego, ningún carlista trabajaría en él.
-Cierto, general, pero aunque procuramos mostrar en la sección doctrinal nuestro pensamiento con sensatez no exenta de firmeza, informamos en la sección de noticias de todo aquello que pueda interesar al lector menos preocupado de lo que ocurre en el mundo. Además, nuestra maquinaria es de lo mejor, importada de la fábrica Marinoni de París, capaz de imprimir veinte mil ejemplares por hora, sin más esfuerzo humano que el de unos cuantos operarios. Ya sabe usted que nuestro fundador.. .
-¿Y esas heridas? -le interrumpe el general.
Darío duda un poco en confesarse, pero piensa que debe ganarse la confianza de aquel energúmeno, el famoso TIgre del Maestrazgo, si quiere sacar algo en limpio del viaje que ha hecho hasta Inglaterra para entrevistarle.
El general hablará, y luego ya se encargará él de sazonar convenientemente las declaraciones.
No es que vaya a falsear lo que dice, no, pero subrayará lo conveniente y omitirá lo inadecuado para orientar al lector. Desde luego, no ha llegado hasta allí para dar publicidad al discurso de un faccioso.
-El ojo lo perdí en Cartagena, donde trabajé de redactor en El Cantón Murciano. Aquello fue muy duro, general. Nos bombardearon con cañones de artillería gruesa, y la ciudad quedó como un solar -le contesta Zamora con cierto orgullo.
Lo del cantón se lo ha inventado, porque el ojo se lo reventaron en una trifulca tabernaria, pero le gusta fantasear con el asunto.
-La pierna -prosigue, esta vez con verdad- casi la pierdo en la intentona progresista del cuartel de San Gil en Madrid, de la que sin duda habrá oído hablar. En cuanto a la oreja, me la arrancaron en un duelo cuando trabajaba en el periódico El Combate.
-No me diga. ¿Ese panfletucho federalista que dirigía Paul y Angulo?
-En efecto, general. Si es que así quiere llamar a un diario que luchó contra viento y marea por la libertad, combatiendo a los partidos monárquicos.
-No me venga con esas monsergas. Ustedes mataron a Prim. Un militar honrado que merecía mejor suerte que caer acribillado en la calle por una pandilla de asesinos.
-Él y Sagasta nos persiguieron mucho, general. Enterraron la libertad de prensa. Sólo en un mes, nos retiraron el periódico de la circulación ocho veces, pero nosotros no lo matamos.
-¿Quién ha sido entonces? ¿Ese intrigante del duque de Montpensier que quiere casar a su hija María de las Mercedes con el nuevo rey Alfonso? Menudo pajarraco.
-No puedo decirle, general. Prim tenía muchos enemigos. Algunos declarados y la mayoría en la sombra.
Cabrera da por zanjado el debate. Ha catalogado a su interlocutor, políticamente, como un exaltado, seguramente afín al partido republicano federal, un insurrecto contra cualquier orden.
Algo parecido a lo que él mismo era de joven, aunque en su caso existiera la creencia en Dios y en aquel rey don Carlos, inepto y bienintencionado, que nada sabía de ejércitos y que se dejó dominar por sus dos mujeres, para colmo hermanas.
-Bueno, dejemos eso. Yo apenas leo los periódicos, aunque algunas veces recibo los de la causa... El Pensamiento Español, El Oriente, La Esperanza, La Regeneración... El resto de la prensa me parece un charco de inmundicia, la boca por la que habla el diablo al mundo.
No le incluyo a usted, porque no le conozco, pero cualquier redactor se vende al moro Muza si éste le da dinero.
Hace unos años quise hacer un periódico en Bruselas para defender el ideario tradicionalista. Encargué la misión a un gacetillero que parecía de fiar, pero me engañó. Todo lo que quería era sacar cuartos, y cuando los tuvo, desapareció.
-Hasta entre los doce apóstoles hubo un Judas -responde quedo Dado, un poco amostazado por la filípica.
El gran reloj del salón da las cuatro y por unos segundos la conversación se interrumpe. Cabrera hace sonar una campanilla y el mayordomo reaparece.
-Sirva a este señor algo de beber. ¿Quiere té o prefiere otra cosa? ¿Un coñac, por ejemplo?
Dado agradece el gesto del general y se decide por el coñac. Ya se le estaba quedando la boca seca.
Al poco, el servidor trae una botella de Napoleón sobre una bandeja de plata con dos copas de cristal tallado. Sirve una dosis generosa al periodista, y otra más pequeña para el general.
-Apenas puedo probar unas gotas -le dice Cabrera a Zamora-. Mi salud no me lo permite.
-Lástima --comenta con fingida pena el periodista, que de un solo buche se traga media copa. El coñac francés le sabe a zarzaparrilla azucarada comparado con los fieros brandys patrios.
-¿De qué quiere que hablemos? -pregunta Cabrera.
-Podemos empezar por hablar de la situación de la causa carlista, general. A los lectores les interesa la opinión de quien en otro tiempo tanto influyó en ese partido y estuvo a punto de llevarlo a la victoria.
-Bueno, empecemos ya. A mis años, poco tengo que ocultar.
Ligeramente inflamado por el coñac, Darío Zamora saca papel y lápiz y empieza sus preguntas. Recuerda las palabras de su director cuando le dio las últimas instrucciones en el periódico: "Le soy sincero, Zamora. Ya estoy harto de usted. O me trae una buena entrevista o váyase despidiendo".
Aquí, en esta casa, estuvo el ahora rey Alfonso XII antes de que lo proclamara Martínez Campos en Sagunto, cuando era cadete en la Academia Militar de Sandhurst. Parecía un buen muchacho, aunque algo alelado, y hablamos.
-Señor -le dije--, debéis hacer lo posible para cerrar la sangría que otra vez se cierne sobre España.
-¿Cómo? -respondió-. De sobra conocéis la testarudez de vuestros antiguos correligionarios cuando se lanzan al monte.
-Yo mismo -contesté- me ofrezco a ayudaros en las tareas de pacificación, trasladándome a España si es preciso, a riesgo de los achaques y la mala salud.
Me habló de Cánovas, en quien ha depositado toda su confianza, y le convencí también para que se reconociesen los fueros en las Provincias Vascongadas y Navarra, y los grados en la oficialidad del ejército carlista.
Prometió hacerme caso. En cuanto a mí, como sabe, me han respetado todos los méritos, grados, condecoraciones y el empleo de capitán general del ejército, con el sueldo que por reglamento me toca...
¿ Volver a España decís? . ..
Sí, pero cuando termine la guerra. Tampoco puedo llegar allí a ponerme del lado del gobierno mientras los míos sigan combatiendo. .. Y eso que los de la camarilla del rey Carlos VII se lo tendrían merecido después de lo que me hicieron en Suiza.
¿Cómo que qué me hicieron? Debe usted saberlo. Fue hace unos años.
Los cortesanos convocaron asamblea en Suiza para declararme hereje y fuera de la causa. A mí, que resistí luchando solo cuando todos los demás se habían rendido.
Por fortuna, el buen pueblo carlista no olvida, y sabe que mis razones son las que dictan el deseo de una paz honrosa y el interés de la patria.
Apunte eso, Zamora, que quede bien claro.
-Tomo nota, general. Pero ahora quisiera que habláramos de otra cosa. Hay un hecho sorprendente en la primera guerra en la que usted tomó parte.
Me refiero a la Expedición Real, cuando el pretendiente está a punto de entrar en Madrid. No acierto a explicarme qué pasó.
En lugar de atacar, se retiraron cuando la capital parecía -perdone que le diga- poco defendida, con posibilidad de ser ocupada con un golpe de audacia, y también.. .
-Déjese de zarandajas y vaya al grano. Si me pregunta por qué nos retiramos se lo diré claro: contubernio y traición. Tome nota.
El redactor finge asombro al escuchar esas palabras. Calcula que su gesto de falsa sorpresa hará hablar al general más de la cuenta. -¿Contubernio? ¿Traición? ¿De quién?
-No se haga el zonzo conmigo, Zamora. Usted sabe, como yo, que el Pretendiente y la regente se entendían. Se ha dicho muchas veces. Hasta el mismo General Gómez lo tiene escrito en una memoria que pensaba publicar poco antes de morir.
-¿Y era verdad? -Claro que era verdad.
-¿Y usted lo sabía?
-Lo sabía. Yo conocía los trapicheos de don Carlos con María Cristina porque me informaban mis espías en Madrid y en la corte del Pretendiente.
-¿Espías en Madrid? Eso es nuevo, general.
-Cállese y no me interrumpa, porque si no, no le cuento nada. ¿Quiere usted otro coñac?
A Zamora se le van los ojos a la botella como los de un halcón a las palomas. Ese coñac francés, aunque algo flojo, no está tan mal a fin de cuentas. Cabrera le escancia otra copa capaz de tambalear a un bucanero, y luego prosigue. Su relato se inicia con un hilo de voz que se va agrandando y afianzando poco a poco, con la seguridad que otorga el hablar de aquello que se ha vivido, y pensado y repensado muchas veces.
En la corte carlista, que entonces se hallaba en Oñate, bastantes personas estaban al tanto de la negociación, aunque el trámite no trascendiera a la tropa.
-Don Carlos -dice Cabrera- había recibido, por mediación de un marquesillo intrigante llamado Lagrúa, que trabajaba para el rey de Nápoles, una carta de María Cristina, cuyo ánimo estaba por los suelos después del motín de los sargentos de La Granja y los reproches del Vaticano por haber firmado el decreto desamortizador de Mendizábal. La carta dio pie a unas negociaciones en las que se estipulaba que la regente se acogería al cuartel general de don Carlos, con sus hijas Isabel y María Luisa, en cuanto nuestro ejército llegase a Madrid, pero la muy tunanta faltó a su palabra.
El momento, sin embargo, estaba maduro porque París y Viena habían acordado que el pretendiente abdicase a favor de su primogénito, y se arreglase el matrimonio de éste con Isabel, a título de rey, y con María Cristina como regente mientras durase la minoría de edad de su hija. Así es que, durante esos meses, María Cristina, por miedo a la revolución, estaba más que dispuesta a irse con don Carlos, al que puso tan sólo dos condiciones: el matrimonio de su hija y el perdón para todas las personas que se habían comprometido en la defensa de ésta.
Poca cosa para el pretendiente, que a cambio ganaba un trono para su primogénito, lo que en la práctica equivalía al triunfo de nuestra causa.
Es entonces cuando el rey de Nápoles envía a España a su mensajero, el barón de Milanges, que se entrevistó varias veces con don Carlos. Éste, dispuesto a todo con tal de llegar a un arreglo, sólo ponía como condición que Madrid se le rindiera sin efusión de sangre. Pero para eso, naturalmente, además de poner en conocimiento de la regente lo convenido, antes había que llegar a Madrid, y no llegar repartiendo flores, sino con un ejército, demostrando fuerza.
-Ahí tiene usted la verdadera razón de la Expedición Real Carlista, señor periodista.
Marchamos hacia Madrid pensando que la capital se rendiría y esperando que María Cristina nos abriera las puertas. Pero una vez iniciada la marcha, los días iban pasando y la respuesta no llegaba. Por eso fuimos tan despacio, dando un gran rodeo, para dar tiempo a que la regente comunicara su compromiso, aunque eso supusiera mermar las fuerzas de la tropa, ya muy castigada después de cuatro años de guerra.
Por fin, la respuesta de la bendita señora llegó en julio de 1837, cuando estábamos en Cherta, por donde pasó el Ebro el grueso de la Expedición.
-Una notable acción de guerra, general-comenta Zamora.
-En efecto, pero de no ser por mí, don Carlos se hubiera quedado en la otra orilla, porque el asunto no era tan fácil como a algunos estrategas de café les puede parecer ahora. Para cruzar el río se necesitaban lanchas, y las barcas no podían llegar a Cherta sin pasar antes por Tortosa, donde los liberales las apresarían.
Estuve dándole vueltas al problema hasta que pensé que si Napoleón había llevado sus cañones a las cumbres de los Alpes, igual podríamos nosotros subir las barcas por el monte y transportarlas hasta la orilla del río, corriente arriba.
-No hay que apurarse. Si las barcas no pueden ir por el río irán por la carretera -recuerdo que les dije a mis asombrados oficiales. De forma que ordené dirigimos a San Carlos de la Rápita, donde nos apoderamos de algunas lanchas que había en ese puerto, y colocadas sobre grandes carretones y rodillos, tiramos de ellas camino de Cherta, con los flancos cubiertos por las tropas escalonadas de Forcadell y Llangostera.
Ese mismo día, que debía de ser uno de los últimos de junio, don Carlos estaba dispuesto a pasar el Ebro, pero por fortuna pude convencerle de que en ese momento era imposible, porque Nogueras, el asesino de mi madre, acampaba en las proximidades de Mora, y la legión portuguesa que mandaba Borso di Carminati avanzaba desde Tortosa. Había que batirlos primero, impidiendo que se reuniesen las dos columnas, si queríamos franquear el río. Y eso hice.
Después de arengar a la tropa, pidiéndoles vencer o morir, cargué desde Cherca contra Borso, miencras empezaba a pasar el Ebro en lanchas la vanguardia de la Expedición, protegida por el fuego de Forcadell. Por fortuna, Nogueras no llegó a tiempo de reunirse con Borso, porque matamos al oficial que hada de mensajero e interceptamos la comunicación entre ellos. Uno de mis lugartenientes, Pertegaz, se encargó de frenar el avance.
-Tome usted sus medidas -le dije-, y si Nogueras ataca, defenderse hasta morir. Ante él acudí a pie, con el sable de mancar ceñido a la levita, sin faja de general ni charreteras, con la boina blanca en la cabeza y el látigo en la mano.
Yo nunca he necesitado de entorchados ni galones para que me conocieran y respetasen mis soldados, y hasta mis enemigos, pues en el combate iba delante montado en mi caballo, y en acampada, mi capa blanca y mi zamarra encarnada eran suficientes para que todos supieran quién era su general.
Pero sé que algunos cortesanos envidiosos me criticaron por acudir al rey sin el buen tono que prescriben las etiquetas. Ese día, la victoria y la cercanía del rey me granjearon más enemigos que elogios, ya ve usted qué absurdo resulta al final codo...
Confieso, como ya he escrito en mis memorias, que seguramente usted no habrá leído, que estaba envanecido y loco de contento después de la jornada de Cherta y al verme tan honrado por el rey, que me dio a besar su mano.
Don Carlos me convidó a que pasase a su lado en la barca y se moscró conmigo afectuoso como un buen padre. -Yo premiaré tu fidelidad y valor -me dijo. Y, en efecto, así lo hizo, porque aquel mismo día fui nombrado Caballero Gran Cruz de la orden milicar de San Fernando...
Durante el cruce, el rey me puso al corriente del objetivo último de la Expedición, y yo comprendí en seguida que aquello terminaría en desastre, ya que dependíamos sólo de la palabra de una viuda lagarta.
-¿Cómo están las cosas dentro de Madrid, majestad? ¿Tenemos partidarios suficientes?
Noté que el rey me respondió con evasivas, y deduje que en la capital se mantenían firmes los batallones de voluncarios, creados hada poco más de un afío, y los de la milicia nacional, que aunque peseteros peleaban bien.
Entonces, por mi cuenta y sin comentario ni siquiera con don Carlos, decidí activar la red de espías que Sombra dirigía en Madrid con el propósito de provocar un levantamiento que contribuyera a abrimos las puertas de la ciudad...
Por ahí tengo copia de algunos papeles que quiero que usted lea para que vea que lo que cuento no son fantasías de viejo...
Tellagorri
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El jefe de espias liberales en zona carlista era Aviraneta (pariente de Don Pío Baroja), y el jefe de espías de los carlistas en Madrid era unicamente conocido como "Sombra" y debió de ser un alto cargo del Gobierno. liberal.
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