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14 julio 2009

La Euskadi oculta

En Euskadi, los uniformes de los ertzainas, policías, guardia civiles o militares no se cuelgan al sol.

Cuando la familia del superintendente de la Ertzaintza Carlos Díaz Arcocha regresó a tu tierra natal, Teresa, una de sus hijas, era estudiante de secundaria. En el instituto alguien le preguntó que a qué se dedicaba su padre y contestó, con toda candidez, que era militar.

Al salir de clase, una joven, hija de un guardia civil, le explicó que no volviera a repetirlo. Aisha Mohamed, viuda de un policía nacional asesinado en Irún, también ocultaba la profesión de su marido. Ella había contado que eran emigrantes, que venían de Francia.

El informe del Defensor del Pueblo vasco (Ararteko) desvela parte de la realidad brutal y aberrante con la que nos hemos acostumbrado a convivir.

Cuarenta y dos mil personas amenazadas de muerte. Miles de exiliados. Un porcentaje de adolescentes importante que no entiende que la mayor vulneración de los derechos humanos es el asesinato de un ser humano. Si se asesina en nombre de la identidad sagrada de los vascos, pueden asumirlo.

Hay muchos padres que no se enteran de que han criado fanáticos de la identidad hasta que es demasiado tarde y les han pasado desapercibidos todos los indicios, porque la toxicidad ambiental ayuda a la impunidad y a la ignorancia consentida.

Las escuelas vascas necesitan que los jóvenes en edad escolar conozcan la persecución absurda, el dolor de los seres humanos vejados hasta la muerte.

Dice MAITE PAGAZAURTUNDUA que los ciudadanos también necesitan recuperar la sensibilidad, incluso si duele y molesta mirar lo que resulta difícil de ser asumido. Los inocentes reclaman que se deje de mirar hacia otro lado. Que los claustros escolares no busquen ahora excusas por miedo. Que se borren las pintadas. Que se honre la memoria de seres humanos inocentes asesinados e invisibles en nuestros pueblos. Que los Ayuntamientos no se escondan del Ararteko, y sobre todo, de sí mismos, de su propia responsabilidad.

Que ETB no se ampare en las audiencias para enviar ciertos documentales a la clandestinidad. Podemos seguir mirando hacia otro lado y aumentando la cuenta de la ignominia compartida. Y podemos actuar.

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13 julio 2009

¿Quienes son los UIGURES?


Los UIGURES son una de las 55 etnias de China con 8 millones de componentes dentro de los mil doscientos millones de habitantes de ese Estado. Y, además, son musulmanes.

Viven en Xinjiang, la remota región enclavada a unos 4.000 kilómetros de Pekín y que, junto al Tíbet, es una de las zonas más sensibles y conflictivas de China. Buena prueba de ello son los graves disturbios interétnicos que han sumido esta semana en el caos a su capital, Urumqi, donde se han contabilizado, al menos oficialmente, 184 muertos y más de un millar de heridos.

Fronteriza con Mongolia, Rusia, Afganistán, Pakistán, India y varias repúblicas ex soviéticas de Asia Central, la población autóctona de Xinjiang son los uigures, una etnia que profesa el Islam, habla una lengua emparentada con el turco y aspira a la independencia para formar el Turkestán Oriental. Lo tienen CRUDO.


A lo largo de la Historia, esta vasta región, que ocupa tres veces la superficie de España, ha permanecido bajo el control de los distintos imperios del Reino del Centro cada vez que sus dinastías eran lo suficientemente poderosas para imponer su autoridad.

Tras dos intentos fallidos de independencia en los años 30 y 40, las tropas comunistas de Mao Zedong tomaron finalmente Xinjiang en 1949.

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Desde la constitución de la Región Autónoma Uigur en 1955 y la construcción del ferrocarril, los chinos de la etnia “han” (pronúnciese “jan”) han colonizado Xinjiang para explotar sus ricos yacimientos de petróleo y minerales. De sus 20 millones de habitantes, ocho son uigures, otros siete u ocho millones pertenecen a la etnia han, la mayoritaria en China, y el resto se lo reparten kazajos, “hui” musulmanes, kirguizes, mongoles y otras minorías.

Frente al carácter emprendedor y moderno de los “han”, la mayoría de los uigures son parados que viven hacinados en lo poco que queda de los cascos históricos o paupérrimos campesinos que habitan cabañas de adobe como hace siglos.

Como ocurre en Basux, una aldea a orillas del espectacular lago Karakul habitada por kazajos, la Policía comprueba el censo cada por tres para asegurarse de que nadie se ha marchado.

Para frenar su separatismo, el Gobierno chino intenta impedir que los uigures salgan al extranjero, por lo que deben pagar entre 10.000 y 20.000 yuanes (entre 1.056 y 2112 euros), esperar un año y tener muy buenos “guangxi” (contactos) para conseguir un pasaporte.

Antes de ser "cesado" IBARRECHE quería poner una embajada ante los uigures ya que, según el PNV, todos "todos los pueblos oprimidos son iguales a los vascos". Lástima que él y los dirigentes peneuveros no se vayan a vivir en Xinjian para siempre.

El año pasado, coincidiendo con los Juegos Olímpicos, una cadena de atentados terroristas causó en Xinjiang una treintena de muertos, entre ellos 16 policías en Kashgar. En la entrada a Kuqa, escenario de uno de estos ataques, un cartel da la bienvenida mostrando una foto del presidente chino, Hu Jintao, para promocionar la empresa de alquitrán KSBC, que, según reza, “ha florecido con el amanecer del Partido Comunista”.

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Al amparo de los cercanos campos de petróleo, han proliferado las petroquímicas y compañías que trabajan con derivados del crudo, atrayendo a numerosos emigrantes “han”. Pero no todos están contentos con este desarrollo.

“Más eficacia y más desarrollo”, se lee en un cartel que muestra una central nuclear, una jungla de rascacielos y a un soldado para simbolizar el progreso de los últimos 30 años. Contradiciendo la proclama, los uigures pasan por debajo en carros tirados por burros y comen en tenderetes callejeros en el zoco, donde se venden desde cabras, gallinas y ovejas hasta afrodisíacos traídos de Alemania y Rusia, cuyos envases con fotos de chicas desnudas hacen la delicia de los boquiabiertos parroquianos.

En las carreteras, plagadas de controles de la Policía, vistosos caracteres en mandarín escritos en blanco sobre fondo rojo recuerdan que “todas las nacionalidades de China son iguales” y que “la seguridad es una misión de todos en la lucha contra el terrorismo”.

Además de la vigilancia política y la utilización de la lucha internacional contra Al Qaida para aumentar la represión, los uigures critican el control del régimen de Pekín sobre la religión. No en vano, los imanes son elegidos por el Gobierno y sus discursos rigurosamente supervisados. Como debe de ser, para que no se desmanden como en España.

En la mezquita de Id Kah, en Kashgar, uno de los vigilantes luce la hoz y el martillo en la hebilla del cinturón, pero los uigures deben renunciar a su fe si quieren trabajar para la Administración o hacer carrera en el Partido Comunista.

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LA RUTA de los HORRORES


El jeque Imad al-Saed interpeló a uno de sus milicianos cuando descubrió que estaba abofeteando al chiquillo. "¿Por qué le pegas? ¡No ves que no es sino un niño!", le espetó.


El chaval no debía de tener más de 12 años. Vendía perfumes en la puerta de la residencia del líder local. Me explicó que habían matado a su padre y a su hermano en Bagdad. Que tenía que mantener a tres hermanas y a la madre. Le di algo de dinero y se marchó, recuerda ante este periodista.

El chico siguió frecuentando las inmediaciones de la vivienda durante varios días. El 1 de septiembre de 2008, la primera jornada del mes de Ramadán, Imad le regaló 25.000 dinares -unos 20 euros-.
"Le dije: "Vete y cómprale algo a tu familia". Pero el muchacho no pensaba en sus allegados. El padre del jeque Imad, Yasem Hamid al-Mashadani, vio como el chiquillo se abalanzaba corriendo hacia su hijo. "Quería agarrarse a él pero se tropezó, cayó al suelo y explotó", rememora. "Eso salvó a mi hijo", rememora.

El supuesto huérfano era en realidad un integrante de los apodados Pájaros del Paraíso. La última táctica desquiciada de Al Qaeda. Células de niños bomba cautivados con disparatados argumentos religiosos. "Su cuerpo quedó en trozos. Los tiramos en algún huerto", dice Yasem Hamid.

Imad sobrevivió. Pero le tuvieron que amputar una extremidad. "No sé cómo me levanté. Me pitaban los oídos. En el suelo había una mano, carne humana quemada y un gran charco de sangre. No sentía dolor pero si una cierta humedad en la pierna. Me la miré y la tenía al revés. El pie apuntando hacia la rodilla. Mi dishasha blanca (el atuendo típico iraquí estilo camisón) estaba roja. Se me había metido en la carne. Perdí el conocimiento y no desperté hasta dos meses y medio más tarde", cuenta.

El relato de Imad al-Saed es un reflejo del espanto en el que se sumió la ciudad iraquí de Tarmiya -a unos 40 kilómetros al norte de Bagdad- durante casi tres años.

Un periodo en el que los radicales establecieron allí lo que llamaron "Estado Islámico" (EI). Una entidad basada en el puro desvarío. La historia de este brutal proyecto que se extendió por las provincias de Anbar, Salahadin, Diyala, Nínive y el sur de Bagdad sólo se puede reconstruir ahora, cuando el viaje a enclaves como Tarmiya, Haditha o Ramadi no representa ya un periplo sin retorno. Por primera vez, un periodista español se adentra en la zona.

1ª ETAPA En la plaza de los degollados


En realidad, la carretera que conduce de Bagdad hasta Tarmiya podría evocar un bucólico paseo a orillas del Tigris. Un trayecto jalonado de palmeras y huertos. Pero las pintadas que permanecen en los muros permiten anticipar su truculento pasado. "¡Muerte a los espías!", reza uno de los mensajes. "Viva el Estado Islámico", se lee en otra.
Tanques, vehículos blindados y casamatas se suceden a lo largo de la ruta. La travesía era impracticable hasta bien avanzado 2008. Como explica Imad, nadie en sus cabales osaba circular por aquí. El horror regía en Tarmiya y los incautos que lo intentaban simplemente morían.
"Todo el que pasaba por la carretera era detenido. Daba lo mismo si eras suní, chií o cristiano. Los ejecutaban en la plaza pública. La llamábamos la plaza de los degollados. Allí mataban a dos o tres personas a diario", recuerda el iraquí.

La plazoleta se encuentra ahora controlada por un carro acorazado. Patrullas de milicianos suníes recorren el villorrio ametralladora en mano. Pero la atmósfera dista mucho de estar dominada por el pavor de antaño. La mayoría de los restaurantes y comercios están repletos de clientes.

"Con Al Qaeda la gente se iba a casa a las dos de la tarde", evoca Hamis Ibrahim, cuyo hijo de 20 años fue asesinado por los radicales. "Tuvo suerte. Lo mataron con una bomba. A otros los cortaron a pedazos o los agujerearon con taladros".
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Todos los habitantes de Tarmiya consultados, incluidos los jeques Imad y Yasem, reconocen que la égida de Al Qaeda fue el resultado de un error propio. Como la mayoría de la población suní, los residentes de esta región agrícola comenzaron a atacar a las fuerzas de ocupación norteamericanas al poco tiempo de la invasión de 2003.

En 2005 comenzaron a afluir los extremistas. "Al principio se les acogió con alegría. Pensamos que venían a luchar contra los norteamericanos", relata Yasem. El propio dirigente tribal de 60 años fue encarcelado por los estadounidenses durante casi un año acusado de colaborar con los grupos armados. "Todos estábamos con la resistencia pero nos engañaron. Nos hablaron de yihad (guerra santa) y lo que querían era exterminar al pueblo iraquí", añade Imad.

Al Qaeda extendió su control sobre la zona a lo largo de 2005 y lo confirmó al año siguiente de una manera expeditiva: un camión cargado con explosivos voló la comisaría. Murieron 14 personas. Donde antes se erguía un habitáculo hoy sólo queda algún muro y pilas de cascotes.
Los agentes que sobrevivieron al atentado huyeron. Lo mismo que las autoridades locales y el ejército. Hasta Imad y su hermano Iyad al-Saed se refugiaron en Siria durante varios meses. La era del "Estado Islámico de Irak" había comenzado.

Con ella se instauraron nuevas reglamentaciones. Primero expulsaron a las 350 familias chiíes que vivían en la zona. "Mataron a muchos para que entendieran el mensaje", apunta Imad.

Después se dispusieron a adoctrinar a la población local. "Si consideraban que una mujer iba vestida de forma poco islámica, la embadurnaban con aceite de coche o con aerosoles (de colores). Si fumabas, te cortaban un dedo. Grababan las ejecuciones en vídeos y los distribuían para atemorizar". Su padre estima que al menos ejecutaron a 700 personas.

Al Qaeda controlaba todo. Ellos eran la "policía", el "gobierno". Instalaron bases de entrenamiento en los cañaverales del área y refugios subterráneos. "Con habitaciones y cocinas", puntualiza Iyad al-Saed. El joven exhibe fotografías de esos habitáculos enterrados en la tierra y de las ingentes cantidades de armamento que manejaban los islamistas. Hasta se apropiaron de la gasolinera y eran los que distribuían el combustible en el mercado negro.

Finalmente la población local se rebeló. El 16 de septiembre de 2007, 57 miembros del clan Mashadani anunciaron la formación de una fuerza paramilitar dirigida a "liberar" la región.

Otros muchos se unieron después a la iniciativa en medio de violentos combates con los radicales. Los acólitos de Imad sufrieron casi 20 bajas mortales, otra treintena resultaron heridos y un número similar perdió su domicilio.

Los extremistas solían volarlos con dinamita
. Yasem dice que casi 100 miembros de Al Qaeda murieron en las sucesivas refriegas y otros 70 fueron arrestados.
Fue entonces cuando los fundamentalistas recurrieron a una enajenación final.

Como dicen los Mashadani, Tarmiya se convirtió en el primer lugar en el que este movimiento empleó a los niños suicidas. Los citados Pájaros del Paraíso. "El atentado contra Imad fue el cuarto que organizaban con niños. Es un recurso desesperado que confirma que han perdido la guerra", estima Yasem.

La táctica se extendió a otras regiones del país a lo largo de 2008. En abril, las fuerzas de seguridad detuvieron cerca de Kirkuk a cuatro menores, acusados de ser miembros de esos grupos.

Los paramilitares de Tarmiya acabaron con la vida de Abu Ghazwan, uno de los emires de Al Qaeda más perseguidos de la zona, en diciembre de 2008. En su poder encontraron un manual sobre el reclutamiento y entrenamiento de estos pequeños. "Él era el jefe. Me cobré mi venganza", sentencia Imad.

2ª ETAPA Ejecutaban coincidiendo con el rezo


El periplo a través de los territorios del antiguo EI continúa en dirección a Haditha. El camino también discurre junto a un cauce de agua. Es el río Eufrates. La población se encuentra sita en la provincia de Anbar. Una localidad agrícola vecina de otras dos aldeas casi unidas: Haqlaniya y Barwanah.

La carretera ha sido asfaltada recientemente. "Antes estaba repleta de los socavones que dejaron las explosiones", indica Basil al-Hadithi, un vecino de Haglaniya que viaja con nosotros en el automóvil. Conforme nos aproximamos al lugar, se multiplican los recuerdos de una época en la que conducir por esta senda semejaba ser otro desatino. Las carcasas oxidadas de varios vehículos se suceden en los terraplenes al paso por el pueblo de Khan al-Bagdadi. "Ese era un coche de gente de Al Qaeda. Algo falló y explotó con ellos dentro", añade Basil.

El primer día que Mohamed Abed Omar regresó a Barwanah, en 2007, descubrió ocho cabezas humanas tiradas en las calles. "Solían ejecutar a la gente coincidiendo con el rezo del magreb (en torno a las seis de la tarde). Los degollaban y exhibían la cabeza agarrándola por las orejas", explica el comandante de policía de la aldea aneja a Haditha.

Omar había huido de Barwanah tras la ofensiva que lanzó Al Qaeda en noviembre de 2004, cuando capturó a docenas de agentes y los ejecutó en público. A partir de entonces los radicales dominaron las tres villas. "Ya habían matado al comandante de la policía. Pero en una sola jornada acabaron con todas las fuerzas de Haditha, Haqlaniya y Barwanah. Sólo en Haqlaniya asesinaron a 25 agentes", relata sentado a orillas del río.

Los ataques contra las tropas norteamericanas habían comenzado en Haditha en mayo del 2003, a las pocas semanas de la caída del régimen. El autoproclamado alcalde de la ciudad, Mohamed Nayil, fue asesinado en julio. Poco a poco, la villa quedó aislada del resto del país. Los activistas quemaron el tren que la unía con Ramadi y obligaron a clausurar la refinería.
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La ciudad de 90.000 habitantes se convirtió en un mini estado talibán. "Decían que era un estado islámico pero lo dirigía gente ignorante, que no tiene ni idea de lo que es el Islam", opina Ahmed Abdala, propietario de un comercio de dulces.

Este iraquí de 46 años vivió aquel periodo en el que los radicales dictaron toda suerte de prohibiciones, a cada cual más absurda. Las hacían aplicar por medio de los tribunales islámicos que establecieron. "No podíamos vestir pantalones vaqueros, ni llevar patillas. El reloj tenía que ir en la mano derecha. Varias veces agarraron paquetes de cigarrillos y los quemaron en público. Los negocios se llenaron de nikab [el pañuelo que sólo deja ver los ojos de las féminas] y exigían que le quitasen la cabeza a los maniquíes que mostraban los atuendos".

Imitando la filosofía que llevó a los talibanes a destruir los Budas de Bamiyan, los miembros de Al Qaeda devastaron las tumbas de los santones locales. Mausoleos como el de Sheij Ali, Sheij Hadid y Naj Meddi que llevaban allí cientos de años. Del primero sólo queda un precario muro. El segundo panteón perdió la cúpula en la explosión. En su "campaña de purificación" -así lo llamaban- llegaron a volar hasta uno de los arcos triunfales con los que Sadam Hussein solía marcar el inicio de las metrópolis.

La turbación en la que vivían los locales se acrecentó cuando los soldados estadounidenses comenzaron a lanzar ofensivas contra los islamistas a partir de 2005. "Era un vida de locos. Nos encerrábamos en casa a las cuatro y nos pasábamos toda la noche escuchando disparos y explosiones. Por la mañana nos asomábamos. Era muy común encontrar cadáveres. Si veíamos un tanque o a uno de los encapuchados de Al Qaeda volvíamos a casa", evoca el comerciante Abdala.

A las barbaridades de los islamistas se sumaron las de los propios norteamericanos. El 15 de noviembre de 2005, los uniformados asesinaron a 24 civiles iraquíes -mujeres y niños incluidos- en una de las masacres más publicitadas de la guerra. Incapaces de doblegar a los insurgentes, las tropas de Washington llegaron a cercar la localidad con un muro de arena que persiste a la entrada de la misma. También destruyeron dos de los puentes que unen Haditha con Barwanah.

Ahmed Abdala proclama que aquello no era otra cosa que una ciudad muerta. "Casi no llegaba comida. Todo estaba paralizado. Sólo en mi barrio mataron a 25 personas. Los dos lados: Al Qaeda y los norteamericanos. A un compañero de mi hijo que salía de su casa le atravesó la cabeza un francotirador americano. A mi amigo Mohamed Arrabui lo agarraron los de Al Qaeda y lo asesinaron por ser ex miembro del ejército. Así era. Atrapados entre dos infiernos".

El baño de sangre acabó como en el resto de las regiones suníes. La población se alzó en armas contra los extremistas. Mohamed Abed Omar fue uno de los primeros. Junto a varias decenas de miembros de su familia y con el apoyo de los estadounidenses consiguió acabar con ese flagelo. En abril de 2007, los acólitos del oficial -muchos de ellos agentes que regresaron para luchar contra Al Qaeda- desfilaron de forma triunfal por Barwanah, Haditha y Haqlaniya para declarar su victoria.

3ª ETAPA En la capital del "Estado Islámico"


Para llegar hasta la residencia de Ahmed Abu Risha hay que recorrer los 100 kilómetros que separan Haditha de Ramadi. La vivienda parece una fortaleza defendida con torreones y vehículos que portan ametralladoras pesadas. Ondea la bandera iraquí y la enseña amarilla que simboliza el poder de las milicias Sahwa, los grupos paramilitares suníes.

Dentro, el habitáculo semeja ser un museo de la historia más reciente de la villa. Hay decenas de fotos del ex líder de Sahwa, Abdul Sattar, y del propio Ahmed -su hermano y sucesor- acompañados de líderes locales y hasta de George Bush y Barak Obama.

En una pintura, el jeque asesinado en septiembre de 2007 aparece encaramado a un caballo blanco, enarbolando una espada y escudo. "Estoy obligado a irme incluso si no quiero. Dejo mi foto con amor y mis excusas", se lee sobre una de las instantáneas.

Como recuerdan los asistentes del jeque Abu Risha, este domicilio fue el epicentro de la sublevación suní que doblegó a Al Qaeda. Desde aquí dirigió Abdul Sattar la conformación de las primeras milicias tribales. Una iniciativa que se generalizó más tarde por todo el país.

Cientos de yihadistas, bajo el mando del jordano Abu Musab al- Zarqawi -entonces líder de Al Qaeda en Irak-, se habían instalado en la localidad en 2005, desafiando la presencia de un amplio contingente de fuerzas norteamericanas. En octubre del 2006 desfilaron por las calles enarbolando sus tradicionales banderas negras y todo tipo de armamento. Aquellas imágenes representaron quizás el clímax del fracaso estadounidense en Irak. Una urbe de 300.000 habitantes bajo la férula de Zarqawn capital de su Estado Islámico.

Fueron años de desventura para los locales, instalados, como en Haditha, entre los dislates de los insurgentes y las devastadoras pero inútiles ofensivas de los estadounidenses. El centro de la población no se ha recuperado de aquellas jornadas de horror. Son incontables los edificios derruidos o marcados por la metralla. Hasta la cúpula de la "gran mezquita" continúa plagada de balazos

Durante aquellos tres años, Aziz Tarmuz perdió a 13 miembros de su familia, incluidos su padre, su hermano y dos tíos. Todos asesinados por Al Qaeda. "Zarqawi impuso el terror. Sólo en Ramadi murieron más de 8.500 personas", indica Aziz, un ex coronel del ejército y miembro ahora de Sahwa.

"Se entrenaban durante el día, a la vista de todos. Prohibieron usar corbatas y trajes. La música. El maquillaje para las mujeres. Cerraron la Universidad (porque era mixta). Las decapitaciones eran tan comunes que había un mercado callejero, el de Jaray, donde se repartían DVDs con las ejecuciones como antes se vendían películas de Rambo".

Aziz cuenta que un número indeterminado de personas fueron secuestradas y "desaparecieron". "Varios han aparecido después en las tumbas comunes que encontramos en el Lago Tharthar", dice.

El enclave acuático de casi 2.500 kilómetros cuadrados, ubicado no lejos de Ramadi, antes de la guerra solía ser un retiro frecuentado por familias y pescadores. "Durante la época de Al Qaeda era un cementerio", apunta el iraquí. No es una exageración. Desde 2007 se han descubierto allí más de una docena de fosas con casi 300 víctimas. Muchas sin cabeza. "El Estado Islámico no era un proyecto, era una pesadilla", concluye Aziz.

JAVIER ESPINOSA Enviado especial a Irak.

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