VERANO

30 abril 2017

En el nuevo ORIENT EXPRESS


Hay quien dice que la felicidad no existe, pero la felicidad, ese instante, tiene muchos nombres y uno de ellos es Orient Express.
Así se leía en los rostros de aquellos afortunados que en la estación de Santa Lucía de Venecia aguardaban, expectantes, ante los diecisiete vagones acharolados del mítico Orient Express, con sus insignias de oro reluciente y con esas inscripciones (Compagnie Internationale des Wagons Lits et des Grands Express Europeens) capaces de hacer viajar, con sólo leerlas, al pasado más aristocrático y esnob de la Vieja Europa.

Fue un 4 de octubre de 1883 cuando el tren con dos coches-cama, un vagón restaurante espléndidamente equipado (con salón de fumadores incluido), tirado por una máquina exprés de la Chemin de Fer de L'Est, partía de la Gare de Strasbourg con destino Rumanía. En él viajaban cuarenta pasajeros invitados por el belga que hizo realidad el sueño de atravesar Europa en tren y decidió llamarlo Orient Express.

Más de un siglo después el mismo número de pasajeros se dispone a abandonar Venecia para llegar a Budapest, vía Viena, y terminar el recorrido, dejando atrás Munich y París, en la estación Victoria de Londres.

Un viaje de cuatro días de duración y muchos años de historia en el que revivir la magia del ferrocarril más lujoso del Viejo Continente.

Para ello hay que llegar a la estación con 90 minutos de antelación, que apenas son segundos cuando se ha esperado toda una vida para viajar en este tren legendario. El 'check-in' se realiza en un espacio habilitado entre las plataformas 1 y 2 con una delicadeza anacrónica; se deja el equipaje y, con todas las formalidades cumplimentadas, se toma un refrigerio en una sala contigua. El embarque tiene lugar 20 minutos antes de la hora de salida.

La puntualidad manda y a las 18:35 horas el tren comienza lentamente a dejar atrás a la indolente Venecia. El equipaje ya estaba en el compartimento antes de subir al vagón, donde un sobrecargo británico informa personalmente a los pasajeros a los que ha sido asignado de todas las formalidades del viaje (a él se entregará el pasaporte pues el personal de a bordo se encarga de los trámites en los pasos fronterizos) y funcionalidades del compartimento (timbre incluido, que con sólo pulsarlo hará que éste aparezca como por arte de magia).

Los compartimentos, donde antes se alojaron reyes y reinas, marajás y sultanes, aristócratas y 'bon vivants', así como James Bond (en Desde Rusia con Amor) o el detective Hercules Poirot, es de marquetería lacada en una reluciente madera de caoba.
Delicadas tulipas de cristal iluminarán la estancia cuando la noche caiga sobre Europa y, para entonces, el cómodo sofá con su tapicería de época se habrá convertido (por obra y gracia del 'steward') en una cama de ensueño. El compartimento también posee una mesita donde se servirá el té por la tarde o el desayuno por la mañana, así como un lavabo (discretamente oculto tras unas portezuelas).

Cuenta Mauricio Wiesenthal, excelso cronista de unos tiempos que ya no volverán, que hasta 1850 no hubo ningún genio que pensase en las necesidades (fisiológicas) del viajero de ferrocarril... Y que fue la reina Victoria de Inglaterra la que estrenó el primer tren con 'toilettes'.

El Venice Simplon Orient Express conserva los aseos en ambos extremos del coche-cama (en el que no faltan flores, jabones perfumados y toallas siempre limpias, pues un empleado se encarga de arreglar el baño prácticamente después de cada uso) pero, como en la época victoriana, no cuenta con duchas al tratarse de los vagones originales que se remontan a comienzos del siglo XX.

No mucho tiempo después de haber abandonado Venecia con destino a Viena llega la hora de vestirse para la cena. Antes habrá pasado por el compartimento el 'maître d' hôtel' para anotar la reserva de mesa y el turno de servicio en uno de los tres coches-restaurante. 'Côte d' Azur', 'Etoile du Sud' y la 'Voiture Chinoise' son sus nombres.

Cada uno rememora un ambiente diferente con las tonalidades de los terciopelos de las cortinas y butacas, pero siempre llevan al mismo lugar: a aquella dorada Belle Époque en la que la suave luz de la tulipas convertía en oro el bronce de los apliques, hacía refulgir la delicada marquetería de caoba y resplandecía en la cristalería de las mesas, entre el murmullo de las animadas conversaciones de los comensales.

Así sucede también ahora, mientras los camareros, ataviados con sus impecables uniformes, sirven delicias con la gracilidad propia de expertos bailarines. Y también como entonces, los pasajeros degustan su cena vestidos elegantemente, pues pocas normas rigen en este tren pero la etiqueta en el vestir es una de ellas.

Así, los hombres lucen esmoquin o, en su defecto, traje y corbata, y las mujeres llevan sus mejores galas como sucedía cuando se sentaba en ese mismo vagón-restaurante la poética reina María de Rumanía o cuando le daba al rey Boris III de Bulgaria, entusiasta de los ferrocarriles, por hacerse cargo del control de la máquina... Era la época dorada de un ferrocarril destinado a convertirse en "el tren de los reyes, el rey de los trenes".

Ajenos o no al peso de la Historia los pasajeros disfrutan de la cena. Algunos son norteamericanos. Otros son recién casados en su viaje de luna de miel; también está el joven matrimonio de una japonesa y un británico que reside en Moscú y ha decidido llegar así a Londres para visitar a la familia, o la pareja de parisinos, incluso la gran familia de Holanda, con abuela y nieta incluidas...

Cuando su cena termine todos acudirán al Bar-Car, situado entre los coches-cama y los vagones-restaurante. Allí con la música de piano en vivo se servirán cócteles hasta que el cuerpo aguante y todos irán intimando poco a poco. Y en eso también será como en el pasado, cuando el Orient Express era el último salón de Europa, "donde podía comenzarse una fiesta en Londres, continuarla en París o en Bucarest para acabarla en Estambul. Y cerrar la cortinilla cuando uno se cansaba de ver mundo...", como escribe Wiesenthal.

El americano abandonó en Viena. Y es que el pasaje escoge de antemano la estación en la que subirse o bajarse del tren, de modo que el trayecto no siempre se realiza con el mismo número de pasajeros. Los que prosigueron hasta Budapest pudieron disfrutar tranquilamente del desayuno en su compartimento, salir a estirar las piernas -y/o fumarse un cigarrito- en el andén de la estación de Viena, donde el tren se detuvo unos minutos, mientras que el 'steward' devolvía a los compartimentos su apariencia diurna.

Horas después se sirvió la comida con el mismo procedimiento que la cena de la noche anterior (aunque alternando de vagón-restaurante) para acabar llegando a la estación Nyugati de Budapest a primera hora de la tarde.

La Estación del Oeste de la capital húngara, con su impresionante arquitectura de finales del XIX firmada por Eiffel, es el escenario idóneo donde abandonar temporalmente el Orient Express. Aquí la vida de los pasajeros del tren se separa porque hasta dos días después los vagones azules y dorados no volverán a partir rumbo a Londres. Y como en la época dorada del Orient, en la que los pasajeros que llegaban a Estambul iban directos a alojarse al Pera Palace, en Budapest muchos de ellos se encontrarán media hora después en la recepción del Gresham Palace.


El Gresham Palace de la cadena Four Seasons es, sin duda, uno de los hoteles más impresionantes del mundo en una de las ciudades más monumentales del mundo. Levanta su perfil Art Decó sobre las aguas del Danubio, con el Castillo de Buda en frente y el Puente de las Cadenas a sus pies. Es el punto de partida ideal para recorrer esta ciudad llena de lugares imprescindibles (el castillo de Buda y la iglesia de San Estaban, el edificio del Parlamento y la Catedral, el bulevar Andrássy y la Ópera, la plaza de los Héroes y el parque de Városliget, próximo a los baños de Szécheny, etc...), fruto de su rica historia.

Dos días nunca son suficientes para disfrutar del encanto de Budapest pero en el Orient Express la puntualidad manda y a las 09.10 horas está previsto que el tren abandone Nyugati rumbo a París. Durante todo el día el expreso atravesará Europa (Viena, Salzburgo, Munich, Stuttgart, Estrasburgo, Nancy). Mientras los pasajeros se entregan a las delicias de la gastronomía de a bordo, verán pasar el continente desde sus ventanas, rememorando la época en la que el tren en el que viajan era el escenario de intrigas políticas protagonizadas por espías, como las de una joven holandesa conocida como Mata Hari, que precisamente cosechó en estos elegantes vagones sus mejores informes.

Una de sus más afamadas pasajeras Agatha Christie dió a la posteridad un clásico del género vinculado ya para siempre a este mítico tren. Aunque a decir verdad, 'Asesinato en el Orient Express' originariamente no se llamaba así, sino 'Murder in the Calais Coach' (1934), en referencia a un 'wagon-lit' que partía de Inglaterra hacia el Cuerno de Oro. Y los coches Pullman que aparecen en la película homónima nunca formaron parte del tren.

A la mañana siguiente, tras un desayuno a base de té o café, zumo de naranaja, ensalada de frutas, tostadas y bollería servido en el compartimento, el tren hace su aparición en la Gare de l'Est, en el décimo 'arrondissement' de París. Con la fisonomía arquitectónica del barón Haussman como telón de fondo, el Venice Simplon Orient Express se detiene durante 45 minutos. En este tiempo algunos pasajeros darán por concluido su viaje, mientras que otros lo iniciarán con Londres como destino final.

Y entre el subir y bajar de pasajeros y equipajes, los 'chefs' del tren comenzarán a abastecerse para preparar la comida antes de llegar a Calais. Frutas, verduras, langostas, foie, pan... el trasiego de mercancías frescas, que se pesan, se estudian, se cargan en las cocinas del tren, conforman un auténtico espectáculo que sólo será equiparable a la comida, en la que todos esos alimentos convertidos en platos sofisticados.

Cada vagón posee un nombre propio y, por tanto, su propia historia. Así, 'Minerva' luce la marquetería eduardiana, 'Zena' se utilizó para el rodaje de la película 'Agatha' (1976), y 'Perseus', reservado tradicionalmente para la realeza y para los jefes de estado (de hecho, se utilizó en la coronación de la reina Isabel II), fue el coche funerario de Winston Churchill.

Que vuesas mercedes sueñen con el Orient Express. Los precios parten de los 690 euros por persona hasta los 6.580 euros para el trayecto París-Estambul. Las reservas pueden hacerse para un viaje completo o para tramos del trayecto.


Tellagorri


6 comentarios:

  1. Me imagino que todo esto implicará hipotecarse para toda la vida, aunque tal vez dejen donar el cuerpo de uno para echarlo en la caldera y colaborar en la medida de lo posible.

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    1. DON ULTIMO.
      No, el cuerpo no lo quieren ni para la caldera, pero puedes donar las joyas de tu mujer o de tu suegra, que alguna tendrán.
      Siempre queda la posibilidad de acudir a donde Montorín para que te financie el viaje.

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  2. Un viaje que es como sumergirse en el tiempo.

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    1. DON TRECCE
      Creo eso pretenden los organizadores : revivir las sensaciones de hace más cien años.

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  3. Voy a hacer la reserva, para principios del año próximo.
    Ya he decidido darme este capricho con el aumento de mi pensión.

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    1. DON MAMUNA
      Una buena forma de invertir el 0,25% de aumento, es decir los tres o cuatro euros de más mensuales. Tendrá que pedir a algún Banco que te financie el viaje con un plazo de 150 años para amortización.

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