Juana Felisa Isabel culturizándose

29 marzo 2016

Los godos del emperador Valente

En el año 376 después de Cristo, en la frontera del Danubio se presentó una masa enorme de hombres, mujeres y niños. Eran refugiados godos que buscaban asilo, presionados por el avance de las hordas de Atila. Por diversas razones  se les permitió penetrar en territorio del imperio, pese a que, a diferencia de oleadas de pueblos inmigrantes anteriores, éstos no habían sido exterminados, esclavizados o sometidos, como se acostumbraba entonces.

En los meses siguientes, aquellos refugiados comprobaron que el imperio romano no era el paraíso, que sus gobernantes eran débiles y corruptos, que no había riqueza y comida para todos, y que la injusticia y la codicia se cebaban en ellos. Así que dos años después de cruzar el Danubio, en Adrianópolis, esos mismos godos mataron al emperador Valente y destrozaron su ejército.

Y noventa y ocho años después, sus nietos destronaron a Rómulo Augústulo, último emperador, y liquidaron lo que quedaba del imperio romano. Y es que todo ha ocurrido ya. Otra cosa es que lo hayamos olvidado. Que gobernantes irresponsables nos borren los recursos para comprender. Desde que hay memoria, unos pueblos invadieron a otros por hambre, por ambición, por presión de quienes los invadían o maltrataban a ellos.
Y todos, hasta hace poco, se defendieron y sostuvieron igual: acuchillando invasores, tomando a sus mujeres, esclavizando a sus hijos. Así se mantuvieron hasta que la Historia acabó con ellos, dando paso a otros imperios que a su vez, llegado el ocaso, sufrieron la misma suerte.

El problema que hoy afronta lo que llamamos Europa, u Occidente (el imperio heredero de una civilización compleja, que hunde sus raíces en la Biblia y el Talmud y emparenta con el Corán, que florece en la Iglesia medieval y el Renacimiento, que establece los derechos y libertades del hombre con la Ilustración y la Revolución Francesa), es que todo eso tiene fecha de caducidad y se encuentra en liquidación por derribo. Incapaz de sostenerse.

A ver si nos enteramos de una vez: estas batallas, esta guerra, no se van a ganar. Ya no se puede. Nuestra propia dinámica social, religiosa, política, lo impide. Y quienes empujan por detrás a los godos lo saben. Quienes antes frenaban a unos y otros en campos de batalla, degollando a poblaciones enteras, ya no pueden hacerlo. Nuestra civilización, afortunadamente, no tolera esas atrocidades. La mala noticia es que nos pasamos de frenada.

La sociedad europea exige hoy a sus ejércitos que sean oenegés, no fuerzas militares. Toda actuación vigorosa -y sólo el vigor compite con ciertas dinámicas de la Historia- queda descartada en origen, y ni siquiera Hitler encontraría hoy un Occidente tan resuelto a enfrentarse a él por las armas como lo estuvo en 1939.
Cualquier actuación contra los que empujan a los godos es criticada por fuerzas pacifistas que, con tanta legitimidad ideológica como falta de realismo histórico, se oponen a eso. La demagogia sustituye a la realidad y sus consecuencias.
Detalle significativo: las operaciones de vigilancia en el Mediterráneo no son para frenar la emigración, sino para ayudar a los emigrantes a alcanzar con seguridad las costas europeas. Todo, en fin, es una enorme, inevitable contradicción.
El ciudadano es mejor ahora que hace siglos, y no tolera cierta clase de injusticias o crueldades. La herramienta histórica de pasar a cuchillo, por tanto, queda felizmente descartada. Ya no puede haber matanza de godos. Por fortuna para la humanidad. Por desgracia para el imperio.

Todo eso lleva al núcleo de la cuestión: Europa o como queramos llamar a este cálido ámbito de derechos y libertades, de bienestar económico y social, está roído por dentro y amenazado por fuera. Ni sabe, ni puede, ni quiere, y quizá ni debe defenderse.

Hay barriadas, ciudades que se van convirtiendo en polvorines con mecha retardada. De vez en cuando arderán, porque también eso es históricamente inevitable. Y más en una Europa donde las élites intelectuales desaparecen, sofocadas por la mediocridad, y políticos analfabetos y populistas de todo signo, según sopla, copan el poder.
El recurso final será una policía más dura y represora, alentada por quienes tienen cosas que perder. Eso alumbrará nuevos conflictos: desfavorecidos clamando por lo que anhelan, ciudadanos furiosos, represalias y ajustes de cuentas. De aquí a poco tiempo, los grupos xenófobos violentos se habrán multiplicado en toda Europa. Y también los de muchos desesperados que elijan la violencia para salir del hambre, la opresión y la injusticia.
Mucho quedará de lo viejo, mezclado con lo nuevo; pero la Europa que iluminó el mundo está sentenciada a muerte. Quizá con el tiempo y el mestizaje otros imperios sean mejores que éste; pero ni ustedes ni yo estaremos aquí para comprobarlo.

TWIT del 23-Marzo : Los yihadistas deben de estar acojonados por las florecitas, las velitas y nuestro enérgico "todos somos Bruselas". Y hasta la próxima. 
14:15 - 23 mar 2016

ARTURO P.REVERTE


6 comentarios:

  1. En efecto, algunos se rasgan las vestiduras, pero mañana será demasiado tarde.

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    1. DON TRECCE.
      Al Reverte le han llamado de todo por este artículo, en las redes sociales y en las radios. Y concidero que ACIERTA de pleno con su diagnóstico. Lo especifica muy bien DON CAROLVS.

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  2. En cuanto los romanos se aburguesaron (o según la terminología de nuestro Siglo de Oro, se afeminaron) perdiendo su gusto por las armas, para disfrutar de los placeres de la vida y dormirse en los laureles de la victoria comenzó una larga decadencia que puso fin al Imperio de Occidente (el Oriental, Bizancio, carería sólo en 1453). Hoy Europa se encuentra en las mismas, con una generación que ya no recuerda la guerra y sólo vive preocupada de sus facebook, móviles y ropa bonita, vemos que DAESH llama amenazadoramente a nuestras puertas y quizás nos encontramos ante el fin de la cultura occidental como hoy la conocemos (también los romanos pensaban que Roma era eterna y acabó por caer, y con ella todo su mundo).

    Saludos.

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    1. DON CAROLVS.
      Coincido de lleno con tu opinión. Llevamos el mismo camino que el que circulaban los romanos de Valente. Hacia la sumisión y obediencia ante los bárbaros orientales del islam.

      También la caída de Constantinopla (en 1453) vino precedida de multitud de avisos como el de los Almogavares entre otros, y al final Mehmed II la tomó sin gran esfuerzo.

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  3. Un poco exagerada la comparación... pero puede venir al caso. Otra cosa es que realmente luego el imperio acabe cayendo seguramente sólo se transformará. En cuanto a la caída del imperio romano occidental es curioso que pese a que las invasiones venían de oriente cayó primero la parte occidental del imperio, siempre me ha gustado leer al respecto y creo que en el fondo no hubo una caída como tal sino una degeneración que venía de lejos

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    1. DON CSC.
      Sí, un poco exagerado en cuanto a temporalidad o inmediatez pero muy realista respecto a lo que puede degenerar la actual sociedad si sigue los derroteros BUENISTAS.
      El siglo XX toleró, por comodidad, el auge de los fascismos y los totalitarismos tipo Rusia y sus stalines, y hubo de sufrir luego dos guerras mundiales no comparables con ninguna anterior.

      Lo que cuentas respecto a la decadencia del Imperio Romano de Occidente está bastante claro que aquella sociedad enviciada y dedicada a jugar con los móviles y los programas basura ( orgías diarias en las villas romanas de todo el Imperio a costa de los pueblos sometidos) no era capaz de empuñar una espada. El único milico que les quedó fue AECIO, quien con ayuda de Teodorico, rey visigodo, paró a Atila. Pero el emperador (Valentiniano III) desconfiaba de AECIO creyendo que lo iba a sustituir y lo destituyó. Lo de siempre.
      Lo que no es muy sabido es que en aquella época Ceuta y Melilla pertenecian al dominio del emperador de Constantinopla.

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