Paisaje relajante

30 marzo 2015

Antonio Pérez, enredador enredado

ANTONIO PEREZ
La tarde del 31 de marzo de 1578, cuando regresaba de reunirse con la Princesa de Éboli, a la que consideraba todavía una aliada suya y de Don Juan de Austria, Juan de Escobedo fue atacado por un grupo de facinerosos que "le mataron de una sola estocada que atravesó su cuerpo de lado a lado" a la altura de la calle Almudena de Madrid.

Este asesinato y otras intentonas previas de envenenamiento habían sido planeadas por Antonio Pérez y consentidas por el Rey.
Pérez quería eliminar a Escobedo porque ahora que estaban enemistados temía que éste pudiera revelar al Rey información comprometida sobre el secretario. Así, se especula con que Escobedo podía demostrar que Pérez aceptaba sobornos y dávisas; que sabía detalles sobre la relación de Pérez con la Princesa de Éboli  (amante de Felipe II); y que podía desmontar las mentiras del secretario respecto a Don Juan de Austria.


Pérez utilizó la manipulación para presentar al hermanastro del Rey y a su secretario como dos conspiradores que planeaban derrocarle. Para ello, el secretario argumentó que las conversaciones que había mantenido en secreto Don Juan de Austria con el Papa Gregorio XIII y con el líder de los católicos franceses, el duque de Guisa, perseguían "venir a ganar a España y echar a su Majestad".

PRINCESA  EBOLI
La idea, por tanto, no sonó nada inverosímil a oídos regios. Felipe II autorizó que se le envenenara pero probablemente desconocía, y no lo hubiera aceptado, el brutal plan b de asesinarle en plena calle a la luz del día.
Por su parte, aunque Don Juan de Austria actuó en ocasiones de manera imprudente pero nada hace sospechar ni de forma remota que tuviera intención de derrocar a su hermano. Pérez había engañado al Monarca de forma abultada, y no iba a tardar mucho en saberse.

Tras una ofensiva encabezada por Mateo Vázquez para demostrar las intrigas de Pérez, el secretario hizo llegar al Rey la correspondencia de Don Juan de Austria. Considerándose traicionado, Felipe II ordenó la detención de Pérez la noche del 28 de julio de 1579. La Princesa de Éboli, asimismo, fue puesta bajo custodia, primero en la Torre de Pinto, luego en el castillo de Santorcaz y, finalmente, fue recluida en su propio palacio de Pastrana, donde pasó el resto de su vida.

En abril de 1590, ayudado por su esposa, Juana Coello, Antonio Pérez escapó de su prisión en Madrid y huyó a Zaragoza, donde consiguió la protección de los fueros. Mientras en Madrid era condenado a muerte en su ausencia, Pérez encontró en el Reino de Aragón el apoyo del duque de Villahermosa, del conde Aranda y principalmente de Diego de Heredia.

Felipe II, desesperado por la lentitud de la justicia aragonesa y porque no creía probable que le entregaran a uno de sus naturales, usó un tribunal contra el que los fueros aragoneses y la Justicia aragonesa no podían oponerse: la Inquisición. En mayo de 1591, Antonio Pérez fue trasladado de la prisión del Justicia de Aragón a la de la Inquisición. La decisión derivó en una grave crisis en Aragón por la defensa de los fueros y terminó con Pérez huyendo de la Península Ibérica. La revuelta en Aragón, que no contó con el apoyo de los catalanes ni los valencianos, obligó a Felipe II a movilizar a un ejército de 12.000 hombres y a restaurar el orden personalmente en Zaragoza.

Antonio Pérez huyó a Bearn (el País Vasco francés), donde recibió el apoyo de Enrique IV de Francia para intentar una invasión francesa a través de Aragón, que finalmente fracasó. Más tarde, Pérez se trasladó a Inglaterra, donde ofreció información secreta para el ataque inglés a Cádiz de 1596. Una operación militar que causó el saqueo de la ciudad y cuantiosas pérdidas económicas, y que probablemente contó con la presencia del antiguo secretario de Felipe II embarcado en uno de los bajeles ingleses pero sin mando.

 Antonio Pérez falleció en París en la más absoluta pobreza en 1611. Fue enterrado en el convento de los celestinos, destruido durante la Revolución Francesa.

CADIZ ATACADA  POR INGLESES AL MANDO DE ANTONIO PEREZ

8 comentarios:

  1. Con la de traidores que jalonan nuestra historia, es casi milagroso (o sin casi) que esta sea tan gloriosa, claro que héroes y santos no nos faltan, pero traidores... tenemos para vender en un mercadillo, ¡qué peste!.

    Excelente entrada, D. Javier; abrazo gordo.

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    1. DON TANNHAUSER
      Muchísimas gracias. Me alegra que te haya entretenido la post de hoy, cuyo temario es, como comentas, uno más de la peste de traidores e intrigantes que este país ha producido, produce y producirá.

      Un abrazo

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  2. Se dice que de allí arranca la "leyenda negra".

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    1. DON TRECCE
      Sí, esa es una las materias con las que se inició la Leyenda Negra. Y como se puede comprobar lo que había, como ahora y siempre, es mucho felón cotilla y traidor.

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  3. Efectivamente, nos han sobrado felones, pero también hemos producido muchos héroes y maravillas como Domitila. Tengo el Jaguar en el taller, que si no, me largaba de inmediato a Villagarcía para recogerla.

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    1. DON BWANA
      Quizá iba a llegar tarde dado que Don Mamuna ya se halla allí haciendo los ayunos de la semana sagrada.

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  4. Esto viene a demostrar que lo de ahora no es nuevo, que el peor enemigo de España siempre han sido los propios españoles. Los buenos y los malos.... en general todos, los unos por el poco aprecio que tienen del país siempre sacando las penas por delante (la leyenda negra nos la hicimos nosotros, y somos los que más creemos en ella), y los otros porque se lo llevan crudo y miran a favor de las potencias extranjeras en lugar de a su propio país.

    Un país donde a la gente le preguntas por un gran navegante del siglo XVIII y te hablan de Nelson olvidando a Blas de Lezo. Donde si tienen que hacer una serie de descubridores, van y la hacen de Cook olvidando que Urdaneta surcó las mismas aguas un siglo antes y que Malaspina andaba a la vez que él por el mismo sitio.

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    1. DON CSC
      Tal cual expones y magníficamente. Para cuando COOK llegó a Australia ya habían pasado por allí varios navegantes españoles, a Nelson le daban cien baños como marinos tanto Blas de Lezo como Churruca o Gravina. Y casi nadie sabe en España quienes era Urdaneta o (da lo mismo) quienes eran Palafox, Daoiz y Velarde o Espartero y Prim.

      Lo de Antonio Pérez ni les suena a la actual generación universitaria y mucho menos lo que era la institución foral aragonesa del Justicia de Aragón.

      Me quedo, por ser cierto, con tu frase de "La leyenda negra nos la hicimos nosotros....".

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