29 junio 2010

De cuando llegó la "victoria"

El "paisaje" o ambiente de la postguerra civil en España ha sido descrito magistralmente por varios escritores. Era una época de escaseces de todo, de miedos profundos a todo, de calles y gentes silenciosas, de hambres disimuladas malamente y de vestimentas muy usadas y vueltas del revés para ocultar las cicatrices textiles.
Estaba todo prohibido, desde prensa libre a libros de autores no fascistas, en donde entraban toda la generación del 98, anteriores y posteriores(Baroja, Unamuno, Ortega y Gasset, Kant, Albert Camus, etc. etc.).
Y, curiosamente, se podía leer a escritores rusos como Lev Tolstói, Fiódor Dostoyevski, Nikolái Leskov, Iván Turgénev, Mijaíl Saltykov-Shchedrín, Iván Goncharov, Dmitri Mamin-Sibiriak, Vladímir Korolenko, Antón Chéjov, Máximo Gorki, Mijaíl Shólojov.

También fue un periodo de grandes golferíos a cargo de tipejos con fino bigotito recortado y gafas permanentes de sol, los cuales traficaban y se enriquecian con los cupos de racionamiento que el Régimen concedía a organizaciones supuestamente caritativas pero en manos de los señoritos del bigotito fino y recortado.
Algunos de ellos incluso tenían despachos dedicados a tramitar el indulto de los presos encarcelados por haber caído en zona republicana durante la guerra, a cambio de una fabulosa cuantía a pagar por la familia.

Hoy voy a insertar uno cualquiera de aquellos "paisajes" en el que un escritor de valía recuerda un pedacito de su niñez. Se trata de José Luis de Valero.

Que vuesas mercedes lo disfruten y, por encima de todo, recuerden que todavía vivimos una generación que sufrimos todo aquello, en cualquier parte de aquella España, y a la que no es fácil endilgarle teoriscismos políticos sobre luceros y amaneceres falangistas ni sobre "luchas antifranquistas" fantasiosas por quienes discursean sin saber de qué hablan.

"Desde el comedor se aprecia el fragor del tráfico rodado que penetra en nuestra casa colándose de rondón en nuestras vidas y a veces obligándonos a levantar la voz para ser oídos. Eso es parte del peaje que debemos pagar los que vivimos en una zona más o menos céntrica de Madrid.

Cuando yo era niño no necesitaba alzar la voz para hablar con mi padre. En aquellos años de posguerra apenas si pasaban por la calle una docena de asmáticos coches impulsados por gasógeno. Mientras tanto la cercana estación de Atocha casi siempre ruidosa, se hallaba envuelta y camuflada entre las volutas de humo que desprendían las locomotoras que entraban o salían de la ciudad con destino a puntos para mí, mágicos y remotos.

Los domingos por la mañana mi padre me llevaba de paseo al Retiro, compraba el periódico para él, una bolsa de cacahuetes para mí y después de visitar la jaula de los monos que se zampaban la mitad del contenido de la bolsa, bajábamos hacia Atocha para efectuar una parada técnica en la barra de la cantina situada en los andenes de la estación.
-Ponme un vermú con aceitunas y para el chico una gaseosa.

Higinio era el cantinero mayor de la Terminal de Atocha y también era un guarro. El mandil que lucía no había conocido el jabón Lagarto en la vida ni creo que con el tiempo llegara a conocerlo jamás; pero el Higinio era un buen hombre y además de amigo de mi padre, era un estraperlista que traficaba con toda clase de productos
que arribaban por vía férrea tanto a la estación de Atocha como a la de Príncipe Pío.

El cantinero se inclinaba sobre la barra del bar acercándose cuanto podía a la oreja de mi padre susurrando consignas en plan confidencial e intentando no levantar sospechas entre los miembros de la Policía Armada de guardia en la estación y sobre todo, entre los inspectores de Abastos que pululaban como buitres al final de los andenes a la caza de los que venían del pueblo cargados con los víveres que abastecían bajo mano a la población de Madrid, sujeta en aquellos tiempos de hambre a las cartillas de racionamiento.

-Oye Pepe, que mañana me llegan unas cuantas cajas de farias de La Coruña y medias de nylon de Barcelona. También algo de embutido y tabaco rubio americano; te lo digo por si acaso.

-Vale Higinio, mañana te daré un toque. Pon otro vermú.

Mi padre nunca pagaba la consumición de los domingos ya que el Higinio además de guarro era su socio y compinche en el estraperleo que ambos se llevaban entre manos ante las mismas narices de los de Abastos, pájaros carroñeros dispuestos a la requisa de alimentos que en su mayor parte aprovisionaban las mesas de los más poderosos y adictos al Régimen.

-¿Qué vas a ser de mayor, José Luís?

-Maquinista de tren – respondía sin dudar.

-Cojonudo. Cuando seas mayor haremos negocios. – se reía el Higinio, guiñándome un ojo.
-Cuando éste sea mayor, espero que la situación haya cambiado y no tenga que jugarse el pellejo por unas cajas de farias o por un saco de lentejas – presumía mi
padre – Además, el chico va a entrar a estudiar en los Escolapios.

-¡Coño! ¿En un colegio de curas?

-Mismamente, como lo oyes. Cuando sea mayor quiero que vaya a la Universidad y estudie Periodismo.

La planificación de mi futuro destino laboral me traía por la calle de la amargura. Yo siempre soñaba que algún día empuñaría los mandos de una de aquellas humeantes locomotoras estacionadas en Atocha rumbo a desconocidos parajes, pero mi padre tenía una fijación casi enfermiza por la lectura devorando en su escaso tiempo libre cuantas publicaciones caían en sus manos y esperando con los años, ver su apellido impreso a pie de página.


Lo cierto era que mucho tiempo para leer no tenía.Todos los días se levantaba a las seis de la mañana, se preparaba un bocadillo de mortadela y salía zumbando hacia las cocheras de la compañía de tranvías donde trabajaba como cobrador hasta las cinco de la tarde.
A las cinco y media, merced a un enchufe proporcionado por un jerifalte de Falange ya estaba en Cibeles echando unas horas en Correos clasificando correspondencia en la sección de cartería hasta las diez de la noche, que era cuando enfilaba a toda pastilla el Paseo del Prado hasta llegar a casa echando los bofes.

Cuando mi padre entraba por la puerta procuraba no hacer ruido para no despertarme, pero yo casi siempre le esperaba levantado para compartir con él la cena que ya estaba fría y que nos había preparado la señora Remedios, nuestra vecina del Primero A.

-A este chico le hace falta una madre, Pepe. ¡Ay Señor, Señor, qué pena de vida! ...
-Mi hijo sabe cuidarse solo, Reme. Lo lleva en la sangre.

La señora Remedios hacía honor a su nombre. Era como nuestra ama de llaves o hada madrina y siempre estaba pendiente de mi padre y de mí, remediando en lo posible las carencias que se producen en una familia cuando falta uno de sus miembros.

-Algún día yo faltaré y entonces no sé lo que será de ti, cariño mío – sollozaba la tía Reme, que así la llamé siempre ya que por algo me había acunado desde mi
primer mes de vida
-¡Ay Señor, Señor, qué penita de niño!

La comida del mediodía la hacía en casa de la Reme y mientras ella me servía la sopa del cocido, los garbanzos y el repollo, desde la ventana del comedor podía observar el ir y venir de las gentes cargadas con bultos y maletas de madera, entrando o saliendo apresuradamente de la estación de Atocha en busca de Dios sabe qué solución o destino.

A la menor ocasión me escapaba a sentarme en los bancos de la estación para ver llegar los trenes y escudriñar las ennegrecidas caras de los maquinistas y fogoneros cubiertos de hollín, que llegaban desde lejanas tierras cargados con víveres destinados al estraperlo y rodeados por las fumarolas que despedían las ululantes locomotoras de RENFE.

También me complacía escrutar los rostros de los viajeros que descendían de los vagones de madera que iban en cabeza del convoy, o sea los de tercera clase que eran los que tragaban más humo y donde más hacinada se encontraba la gente que una vez en el andén, parecía haber surgido desde el fondo de una mina de carbón.

Los viajeros descendían del tren entre sorprendidos y asustados, ajustándose la boina con una mano y con la otra atenazando firmemente la maleta de cartón donde guardaban sus escasas pertenencias y algo de pan duro para matar el hambre.

Entonces yo no lo sabía, pero se trataba de las primeras avanzadillas de un ejército compuesto en su mayor parte de ex labriegos, de oprimidos, de gentes sin tierra y también de un contingente de hombres, mujeres y niños recién derrotados por una guerra fraticida que había convertido España en un inmenso campo de concentración. Y para algunos de los viajeros que llegaban a Madrid, Atocha era la estación término, el punto final o de inicio, según se mire.

De Madrid al cielo, reza la frase, pero Madrid era entonces el gran rompeolas de las Españas y de los españoles qué, o se estrellaban contra su suelo o se elevaban hacia las estrellas. Sin embargo la mayoría de los viajeros que descendían de los vagones de tercera clase ignoraban que Madrid es un ser vivo que palpita  bajo los adoquines y las vías muertas de los tranvías, hoy cubiertas por el asfalto.

Y un ser vivo cobra peaje, precisa nutrirse aunque sea de despojos de guerra y despojos humanos eran los que descendían de los trenes que arribaban a la estación de Atocha en busca de un paliativo que pudiera conducirles hacia una vida más digna.

Alguno de ellos, los menos, iniciarían con los años un ascenso que les llevaría a conseguir un empleo de funcionario y un piso de alquiler en cualquier calle del Madrid viejo. Los más, peregrinarían de pensión en pensión o habitación con derecho a cocina y en busca de una obra para ofrecerse como peones de albañil.
Quizá con el paso del tiempo los unos y los otros podrían comer caliente cada día, llevar a sus hijos a un colegio del Estado y con más tiempo y una pizca de suerte dar la entrada para un piso, pero en el ínterin Madrid les había pasado factura.
Los más viejos murieron lejos de la tierra que les vio nacer sin haber tenido tiempo de volver a percibir la fragancia de la mies recién segada, ni podar la parra que dejaron abandonada a su suerte allá en La Mancha.

A muchos de los recién llegados que hacían caso omiso a las ordenanzas de la Inspección de Abastos, se les veía llegar cargados con cestas de mimbre repletas de los más variados frutos del corral y de la huerta. Huevos, patatas y las últimas frutas y verduras recién arrancadas en revoltijo con escandalosos pollos y gallinas que daban el cante avisando a los inspectores de Abastos que había llegado la última hornada de gañanes desertores del arado.

-¡Alto ahí! ¿Dónde vas con esos pollos?
-Son para mi familia que vive aquí, en Madrid – musitaba el aludido, boina en mano y con los ojos clavados en el pavimento sin atreverse a levantar la vista. -¿Y los huevos? ¿Y los chorizos? ¿Y el jamón? ....
-También, señor guardia.

-¡Menos hostias palurdo, que yo no soy guardia!
¡Soy inspector de Abastos! ¿Te enteras, gañán? Por ese saco lleno de pan blanco que llevas al hombro, veo que mucho debe de comer tu gente.

-Sí, señor inspector. Somos muchos a la mesa.

-Pues ya estás soltando la mercancía y date el piro antes que me arrepienta – resoplaba el de Abastos con aire paternalista – Y da gracias que no te enchirone por estraperlista. Largo de aquí, capullo.

Al inspector de Abastos de guardia en el andén le faltaba tiempo para poner a buen recaudo la requisa efectuada al pueblerino, mientras calculaba mentalmente cuántos duros podría sacarse por el lote en el Rastro o en el mercado de Legazpi.
Párrafo aparte merecían los pasajeros y vagones de cola destinados a los viajeros de segunda y primera clase. Vagones metálicos, coches-cama y vagón-restaurante de compartimentos acolchados donde el viaje era una delicia y no como el que sufrían los de tercera, apretujados en asientos de madera, comiendo con la fiambrera sobre las rodillas y pringándose de aceite cuando abrían una lata de sardinas.

Los viajeros que descendían de los vagones de primera clase o incluso algunos que viajaban en segunda, cuando desfilaban hacia la salida miraban con suficiencia por encima del hombro a los inspectores de Abastos, que ni se atrevían a darles el alto e inspeccionar el contenido de aquellas lujosas maletas de piel que cargaban los mozos de estación hasta la parada de taxis, previo pago de una peseta por bulto.

Los de primera clase eran intocables. En invierno las mujeres se cubrían con abrigos de piel y ellos con traje de calle cruzado y sombrero a juego, llevando casi siempre un cigarro habano en la boca y oliendo a Varón Dandy. Y además a todos ellos se les suponía altos cargos políticos o adictos al Movimiento.

Se les veía lustrosos y bien cebados, nada que ver con la marea humana que intentaba por todos los medios escabullirse hacía la salida sin pasar por la criba de los de Abastos, que alargaban el cuello como las jirafas para distinguir en la distancia cuál de aquellos gañanes con traje de pana iba a ser su próxima víctima.
-Pues el otro día a uno de esos cabrones de Abastos lo jodieron bien jodido – se cachondeó el Higinio mientras le servía a mi padre un vermú de propina y a mí una ración de patatas fritas
– A estas horas estará sacándose los piojos en Carabanchel. Que se joda, el muy cabrón.
-¿Y eso?
-¿A quién se le ocurre parar a un pasajero de primera clase y hacerle abrir la maleta en el andén delante de toda la gente? El muy imbécil se fue a topar con un gachó que pertenecía a la Guardia de Franco y le metió un puro, que no veas.
-¿Y el facha no se identificó previamente?

-¡Quia! El tío estaba sonriendo, más tieso que un palo.

-Coño, eso si que es raro. Esa gente tira rápidamente de documentación para acojonarle a uno.

-Pues ese no lo hizo. Se esperó cruzado de brazos a que el gilipollas de Abastos le revolviera la maleta y sacara todo su contenido.

-Ahí viene lo bueno. Cajetillas de tabaco, whisky americano, cajas de condones, pelucas de mujer y montones de ropa interior y ligueros de esos que usan las gachís en las casas de putas de altos vuelos.
El tío, según me dijo el asistente del coche-cama, venía de Tánger y durante el trayecto desde Alicante había pillado una cogorza de esas de no te menees y tenía a todos los pasajeros del vagón que no les cabía una paja por el culo.
El menda se disfrazó de mujer y le dio por entrar en todos los departamentos con una pistola en la liga, enseñando cacha y cantando coplas de la Piquer a voz en grito. Cuando llegó a la estación todavía le duraba la moña, por eso se reía como un cretino. Pinta de marica sí tenía; ya sabes, de esos a quien les gusta exhibirse en público.

Cuando Higinio y mi padre hablaban de putas y maricones yo optaba por mirar hacia el exterior de la estación, despistando, como si hubiera oído algo misterioso para mis sentidos a pesar que las busconas de medio pelo sentaban sus reales muy cerca de casa y entonces ya intuía el significado de sus labores.

Prefería salir de la cantina y alimentar a las palomas y a los gorriones que se lanzaban en picado sobre las migas de pan. En aquellos tiempos hasta los pájaros se daban de hostias para llenarse el buche.

Han pasado los años y hoy observo desde mi ventana las nuevas generaciones de gorriones, gordos, saltarines y de brillante plumaje en animados coloquios de gorgojeo revoloteando entre las plantas, sacudiéndose las plumas y afilándose repetidamente el pico en los alambres de la verja."

Tellagorri


17 comentarios:

  1. Hermoso relato, como no puede ser de otra forma conociendo al autor, de una época felizmente superada.
    Esperemos que aquellos aciagos días no se repitan, aunque el futuro que se nos avecina no presenta buenos augurios.

    ResponderEliminar
  2. Las épocas son siempre diferentes, pero una diferencia a favor de aquellos años que tanto José Luis como tu vivisteis, es que antes un joven comenzaba en el bachillerato o antes pensar en su futuro laboral y en como encauzar su vida. Ahora esos mismos jovenes piensan el botellón del próximo fin de semana, y les da igual el resto. Salvando honrosas excepciones donde hemos mejorado creo que como raza humana vamos para atrás, los recuerdos de José Luis al menos para mi son un claro ejemplo de eso. Mientras un joven como otros muchos pensaban en su futuro y planeaban su vida, hoy cientos de miles planean el como tunear su coche y comprar sus licores favoritos.

    Eso sí, no puedo negar que una cosa apena ha cambiado, y esta es la golferia política antes era a cargo del partido único, y ahora son a cargo de los partidos únicos.

    Gracias Tellagorri por este pedazo de relato de José Luis, y extensiva las gracias al mismo escritor.

    ResponderEliminar
  3. Es una buena descripción de una época muy dura de la Historia de España. Aprovechados y sinvergüenzas, los había entonces y los hay ahora. Lo que demuestra mi teoría de que el jeta es apolítico. Es aquel que siempre va a conseguir salir adelante, haya el sistema que haya, gobierne quien gobierne.
    El papel que tuvieron los del bigotito recortado, como les calificas, lo hubieran hecho, con otro aspecto, sin duda, los otros, de ganar la guerra. El rol se iba a desarrollar. Eso era fijo. Sólo había que saber quién. Los del primer golpe de Estado y el pucherazo posterior, o los del segundo.
    Hambre y pobreza son inherentes a cualquier Nación que salga de una larga y sangrante contienda bélica. Por desgracia, parece que hoy en día, con otro régimen llamado Democracia, esas lacras vuelven.
    Que se desarrollen sistemas para evitar determinados chanchullos sólo significa que ahora, en 2010, se hacen de otra forma.
    Pero se hacen.
    Eran los años 40. Excesos, chanchullos, falta de libertad, pobreza. Esos términos también los encuentro constantemente entre quienes describen la España de hoy.

    ResponderEliminar
  4. Creo recordar el texto. Me gustó leerlo en su momento y más recordarlo hoy.
    Impresionante relato y descripción de una época durísima que esperemos nunca se repita.

    Mis felicitaciones a José Luis de Valero y a ti Tella por traerlo de nuevo.

    Un abrazo.

    ResponderEliminar
  5. Un gran relato de don José Luis, como dices sòlo las personas que vivieron esa època estàn capacitadas para juzgarlas y no esos pijiprogres que van de listos y no saben de la misa a la media llamando a uno facha por cualquier cosa...esos que en la pelìcula "y al tercer dìa resucito" volvìan a levantar el brazo derecho cuando Franco resucitaba de su tumba...

    Saludos.

    ResponderEliminar
  6. Por motivos de trabajo he pasado casi a diario por el Paseo del Prado, Atocha (el conjunto escultorico que remata el Ministerio de Agricultura que está enfrente es de lo más bonito de Madrid, uno de mis edificios favoritos), y me ha recordado una época muy buena.

    Da gusto leer relatos tan bien contados.

    ResponderEliminar
  7. Excelente comentario de lo que fué la España de posguerra, muy bien recreado por D. José Luis como vivencia de aquellos dias.Dicen que: si a un tonto le pones una gorra, se cree un general, y en este pais, donde los del bigotillo recortado, son maestros en mimetizarse de cualquier cosa que les haga tener una gorra, a ser posible con galones para seguir viviendo a costa de los demas, son legion.Ahora, somos un pais mas moderno, mas adelantado en algunos temas, hay una cierta libertad, pero en el fondo , todavia hay muchos bigotillos recortados en todas las estancias del estado, esperando su turno para conseguir la gorra.Al menos en aquella época, la gente, sabia lo que queria, era mas instruida, aunque fuera en la picaresca.
    Un saludo

    ResponderEliminar
  8. ASPIRANTE
    Al paso que vamos hay muchas probabilidades de que volvamos a la Cartilla de Racionamiento y el gasógeno.

    ResponderEliminar
  9. DOÑA ELENA

    Me alegro de que te hayas leído lo de TEODORA, pero ya ves que a veces la prisa con otro tema obliga a añadirlo por tener más interés.

    El texto de De Valero se puede leer muchas veces porque es conveniente recordar, especialmente a los de menos de 40 años, el DE DONDE VENIMOS por mucho BMW que ahora rebosen por las calles.

    ResponderEliminar
  10. CAROLVS
    Es que, como bien dices, aquellos o sus iguales, me refiero a los del bigotito recortado, están de nuevo en las mismas bajo las siglas de PSOE.

    ResponderEliminar
  11. ISRA
    Me maravillo de que un complutense aprecie como bueno cualquier cosa ajena a Alcalá de Henares. Debe de estar ahí la diferencia con los bilbainos: que éstos no ven nada fuera de su pueblo y lo que ven les parece muy inferior al del suyo aunque estén caminando por el puente de Brooklyn.

    ResponderEliminar
  12. Excelente relato de un pasado de miseria que puede repetirse. Pero hoy acostumbrados a una vida de abundancia no sé si tendríamos el cuajo de esas gentes, acostumbradas a sufrir, para sobrevivir y sacar sus familias adelante trabajando en dos o tres trabajos, haciendo estraperlo, o lo que fuera.
    Los golfos...como los de hoy.

    ResponderEliminar
  13. De Valero es buenísimo relatando estas cosas.

    Y respecto al presente, tú lo has dicho = "Los golfos como los de hoy".
    Pero disfrazados de cargos públicos electos en urnas.

    ResponderEliminar
  14. Aplaudo los comentarios del resto de contertulios.
    La casta política española es vieja de siglos, cambian los regímenes, pero siempre mandan los mismos, y los apellidos se repiten generación tras generación, partido tras partido, régimen tras régimen.

    ResponderEliminar