Juana Felisa Isabel culturizándose

10 mayo 2016

Mons y el Gran Duque de Alba

El veterano general vivió uno de los momentos más críticos de su carrera. Atacado por los "Mendigos del Mar" desde el norte, por los hugonotes franceses desde el sur, y por Guillermo de Orange desde Alemania, salió vivo con ayuda de su genio militar.
Lejos de lo que tradicionalmente se piensa, el general castellano sí consiguió derrotar, en 1568, a las fuerzas dirigidas por Guillermo de Orange, la figura más representativa de los rebeldes, y durante un tiempo pareció que la sublevación era cosa del pasado. Sin embargo, la subida de los impuestos y la sangrienta represión del Tribunal de Tumultos resucitaron la guerra en 1572 y la llevaron a un nuevo nivel.

Antes de acudir a Flandes por orden de Felipe II, Fernando Álvarez de Toledo, III Duque de Alba, había dirigido durante décadas los ejércitos imperiales de Carlos V en las empresas más destacadas. Con la llegada al trono de Felipe, el Gran Duque debió ganarse la confianza del nuevo rey, que le veía como un hombre impuesto por su padre, así como objeto de medras en las luchas cortesanas.

Tras imponerse a los franceses en Nápoles, a pesar de los esfuerzos por sabotearle de Ruy Gómez (cabeza de la otra facción cortesana), el Duque de Alba se instaló en Madrid pensando que su tiempo como militar había terminado. Como narra Juan Giménez Martín en "Tercios de Flandes" (Ediciones Falcata Ibérica), los rebeldes tomaron Brielle y expulsaron de Flesinga (Zelanda) a la escasa guarnición española, ahorcando al coronel Hernando Pacheco.

El siguiente objetivo  fue la ciudad de Middleburg, a donde acudió en su rescate el capitán Sancho Dávila, mano derecha del Gran Duque de Alba. El abulense frenó por el momento el avance enemigo y, con la inminente llegada de 2.000 infantes y el Duque de Medinaceli, pareció que la situación iba a mejorar al fin. Pero nada más lejos de la realidad; en paralelo a todos estos sucesos del norte, que habían sido auspiciados por la Reina de Inglaterra; desde el sur, Luis de Nassau se apoderó de Mons y Valenciennes al frente de un ejército de hugonotes franceses, en la primavera de 1572, posiblemente con la complicidad del Rey de Francia.

Por esas fechas supo Alba de la llegada de Medinaceli, al que no tragaba, y se le notificó que el Príncipe de Orange, hermano de Luis de Nassau, había cruzado el Rin al frente 20.000 soldados. Se trataba de un ejército endeble, que estaba formado en su mayoría por mercenarios, pero suponía abrir un tercer frente.
Los dos nobles, Alba y Medinaceli, marcharon hacia Mons con 36 cañones pesados, 8.500 soldados (a los que se sumaban los 4.000 de Fadrique, hijo de Alba) y una fachada de falsa cordialidad entre ambos.
Ahora sí, los españoles pretendían desalojar a Luis de Nassau de Mons. El riesgo estaba en quedar atrapado entre los franceses, los defensores y los refuerzos de Orange, que, para beneficio de Alba, se obcecó en la conquista de varias localidades de menor importancia, entre ellas el castillo de Weer.

En vísperas del asalto enemigo, el Duque de Alba designó a Julián Romero, otro de los ilustres capitanes del ejército de Flandes, para lanzar "una encamisada" en el campamento enemigo, esto es, un ataque nocturno llamado así porque se empleaban las camisas blancas para diferenciarse en la oscuridad.
Julián Romero penetró en el campamento de Guillermo de Orange al mando de 600 arcabuceros, provocando casi un millar de muertes por sólo 60 españoles, así como la perdida de cientos de caballos y gran cantidad de la impedimenta enemiga. Según la leyenda, incluso estuvo a punto de morir Guillermo de Orange, al que salvaron los ladridos de su perra spaniel que dormía a su lado. Se dijo, que a partir de entonces, durmió siempre con un animal de esta raza junto a su cama.

Tras la encamisada, Orange decidió marcharse en dirección a Alemania, dejando a su hermano abandonado a las fuerzas hispánicas. La victoria en Mons fue seguida por la recuperación de Ooudernarden, Terramunda, Tilemont y Malinas.
Precisamente aquí, a pesar de que las autoridades habían rendido la ciudad a Alba, se produjo un saqueo a modo de castigo ejemplar debido a que los lugareños habían acogido a Orange con tanta calidez.

MONS

6 comentarios:

  1. Y de aquellas encamisadas nocturnas, se quedó lo que nos gusta en este pais salir de noche hsata las tantas, agarrados a un cubata o similar. Humoradas aparte, que triste es ver en que hemos quedado, y no digo por querer guerras y esas mierdas, sino por la forma en que nos olvidamos de quien fuimos, ahogados en cainismos y nihilismos sin fondo.

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    1. SEÑOR OGRO.
      Aquellos españoles se hicieron grandes mediante sus propios esfuerzos y su espíritu de mantener el pabellón nacional en lo más alto. Que es lo que han hecho recientemente los gringos.
      Ahora, como a los italianos, nos queda la "chulería de barrio" y poco más. Pero lo triste es que casi nadie sabe nada del mejor general de todos los tiempos que tuvo España : EL GRAN DUQUE DE ALBA. (Dejando a salvo la honorabilidad de "La mejor espada de Occidente y la reserva espiritual del Mundo, el gran Invicto")

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  2. Tanto antes como ahora, entre nosotros mismos "pisándonos la manguera"

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    1. DON JUAN CARLOS.
      Eso es cierto, cietísimo. Siempre la nacional lacra de la ENVIDIA ha destruído montones de actuaciones e iniaciativas.
      Al propio Gran Duque el Felipe II lo terminó desterrando a sus posesiones personales tras no necesitar más de sus servicios, a causa de las íntrigas en la Corte.

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  3. Hoy mismo D. Javier, sin ir más lejos, esta caterva de canallas no se ponen de acuerdo ni para ahorrar en la "descampaña electoral" después de haber diezmado la nación. Que impotencia padecemos.

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    1. DON JUAN CARLOS.
      Ya aburren con sus sinsorgadas infantiloides. Seguro que los niños de los coles jugando a cromos son muchísimo más inteligentes y coherentes.
      Y lo triste es que padecemos esta plaga de dirigentes desde hace siglos. Sin que nunca se arregle el problema de esas castas de gitanos vestidos de Armani.

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