VERANO

20 julio 2012

Los Karen siguen en la II War

Tras las emboscadas y las noches de malaria, después de perder a sus mejores amigos y matar a no pocos enemigos, ayudando a los aliados a derrotar a los japoneses en la II Guerra Mundial, Dwe Maung creyó que vendrían días de gloria. En su lugar le siguieron seis décadas de huida y una vida mendigando en campos de refugiados, donde cientos de chozas de bambú se apiñan en el lado tailandés de la frontera con Birmania.

La II GM nunca terminó para los guerrilleros de la tribu Karen que, en 1942, se unieron a los británicos en el frente del sureste asiático, dejando los arrozales para formar la conocida como Fuerza 136. Más de 12.000 hombres fueron reclutados a cambio del compromiso de que, si lograban la victoria, su pueblo recibiría un Estado independiente dentro de la entonces colonia británica de Birmania.

"¿Por qué se olvidaron de nosotros?". Los británicos expulsaron a los japoneses en 1945 y tres años después entregaron el país a los birmanos sin reservar la tierra prometida para los Karen, obligándoles a seguir persiguiendo el sueño independentista por su cuenta. Los 150.000 refugiados esparcidos por los campos de la frontera son el legado de una guerra que ha continuado de la mano de los hijos y nietos de soldados como Dwe Maung. Se trata, más de seis décadas y tres generaciones después, del conflicto armado más largo del mundo... También uno de los más olvidados.

Los refugiados viven en asentamientos cercados por alambradas de espino que sólo pueden ser abandonados con permisos especiales. La malaria es la principal causa de muerte entre los niños y los periodos de alto el fuego (el Gobierno birmano y la guerrilla Karen acaban de firmar el último) son vistos como meros recesos antes de un regreso de las hostilidades.

Un centenar de supervivientes de la Fuerza 136 viven aquí en el anonimato, dependiendo de la caridad. Otros 400 se encuentran repartidos por otras zonas de Tailandia y en Birmania (Myanmar).  Los soldados de la tribu, mayoritariamente cristiana, formaban lo que se conoció como unidades araña, que se movían por la jungla sin ser detectadas y atacaban por sorpresa. Conocían la selva mejor que sus aliados británicos o los enemigos japoneses, sabían defenderse de las serpientes y las fieras y mostraban un coraje que hacía "difícil contener sus ansias de entrar en batalla", según la descripción que dejaron escrita en sus diarios los oficiales ingleses. Poco queda del vigor de entonces.

Los combatientes tienen ahora entre 85 y 105 años, en muchos casos lucen un aspecto famélico y arrastran achaques y heridas de guerra que van desde la sordera a la inmovilidad permanente. Cada pocos días llega la noticia de la muerte de otro de ellos, reduciendo la lista de supervivientes que mantienen vivo el recuerdo de gestas pasadas o la posibilidad de que algún día sean reconocidas.

Linni tiene 88 años, el cuerpo encorvado, el rostro acartonado y una sonrisa fácil que deja entrever el último diente que le queda. Dice no saber cuántos nietos le han dado sus nueve hijos pero tiene grabados en la memoria los días en los que esperaba las lluvias del monzón para poder ablandar y tragarse las raíces con las que se alimentaba en el frente. Si no caía agua, el único nutriente lo proporcionaban los insectos y las serpientes.

Tenían que marchar durante días, moviéndose en junglas tan densas que la luz del sol no lograba penetrarlas y el día apenas se distinguía de la noche. Los guerrilleros se acostumbraron a luchar siempre con peores armas y menos efectivos que los japoneses. A la motivación de liberar su tierra de la presencia extranjera y lograr un futuro Estado independiente se sumaba el temor a ser capturados por enemigos que no mostraban ninguna compasión.

Ni la traición posterior del Gobierno británico ni la vida de extrema pobreza que siguió impiden a este ex guerrillero hablar con orgullo de la campaña en la II Guerra Mundial o de los británicos que lucharon a su lado. "Eran nobles y valientes", dice el anciano, visiblemente emocionado. "En los ratos libres jugábamos al fútbol con ellos. Tuve suerte porque vi morir a muchos compañeros, pero la única vez que resulté herido fue en uno de esos partidos".

Los Karen guardan un recuerdo especial de Hugh Paul Seagrim, el militar que creó y coordinó la Fuerza 136. Los japoneses lo convirtieron en el hombre más buscado del país y torturaron a decenas de combatientes para conocer su paradero, sin conseguir que lo delataran. Finalmente lo localizaron en 1943, cercando el campamento donde se encontraba con otros oficiales británicos y cerca de 300 guerrilleros locales. Temiendo que todos fueran masacrados si no se entregaba, el mayor Seagrim aprovechó un despiste de sus hombres para caminar hacia las posiciones japonesas.

Fue conducido a Rangún, sometido a un juicio militar y ejecutado.

La pérdida del mayor Seagrim, conocido como el Abuelo Piernaslargas por sus 193 centímetros de altura y su carácter afable, hizo especial daño a los Karen porque era su principal contacto con Londres y el mayor defensor de su causa. La derrota japonesa, definitiva tras los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki de 1945, fue seguida por las celebraciones y las condecoraciones, a menudo improvisadas en mitad de la selva. Algunos tuvieron que conformarse con un papel escrito a mano en el que se reconocía su coraje y se prometía una futura medalla que nunca llegó.

El regreso fue muy diferente para los aliados y los Karen. Los primeros fueron recibidos como héroes, agasajados en las calles de Londres o Nueva York, premiados con honores y pensiones vitalicias. Su coraje fue celebrado el pasado 7 de mayo, como todos los años, en el 67 aniversario del final de la II Guerra Mundial. Líderes desde Francia a Rusia, y desde Israel a EEUU, recordaron los sacrificios de los veteranos de guerra y su lucha contra el fascismo en Europa y Asia. El cine y la literatura no han dejado de recordar sus gestas. Los museos recuerdan cada batalla.

Los guerrilleros araña volvieron a sus aldeas de la selva, a menudo para encontrarse que sus mujeres e hijos habían sido ejecutados por los japoneses en represalia por su apoyo a los británicos. Nunca más tuvieron noticias de los oficiales que habían prometido volver para ayudarles. No hubo homenajes y el Gobierno británico se negó a reconocerles como combatientes de su ejército, denegándoles el derecho a una pensión.

Por David Jimenez



4 comentarios:

  1. Otra traición de los blanquitos, cuando lees estas cosas te da un poco de asquito de uno mismo.
    Algunos de estos lucharon en Laos al lado de los paracas de las fuerzas especiales USA en la guerra de vietnam, fue entonces cuando los COE americanos se dieron cuenta de que en realidad no eran tan duros como creían, estos cogían una hoja, envolvían con ella un poco de arroz hervido y con eso se pasaban días. Siempre querían abrir fuego cuando se topaban con el enemigo aunque fuera un suicidio por la desproporción de fuerzas. Si tenemos otro cacao querrán tirar de ellos otra vez, pueblo guerrero donde los haya. Los deberíamos traer aquí y hacerles erchanchas de esos, enseñarles una foto robot de los de la boina enroscá y soltarlos como si fueran sabuesos.
    Saluditos.

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    1. DON ZORRETE
      Es habitual entre colonizadores modernos utilizar a nativos y luego dejarlos tirados. Especialmente son muy aficionados a eso los British. Cuánta razón tienes.
      Roma, en cambio, usaban a los pueblos como éstos, para engrosar sus legiones y luego de años de servicio les repartian las tierras conquistadas para su explotación. Los convertian en terratenientes.

      No es mala idea formar unidades de la Ertzaintza con los Karen.

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  2. "Premio a la excelencia", como la vida misma.

    No conocía nada sobre los Karen, me parece fenomenal que nos los hayas traido en este post como prueba aún viva de lo que fue el colonialismo en general.

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    1. DOÑA CANDELA
      Muchas gracias por tus elogios, pero lo descubrí de chiripa.

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