25 febrero 2007

ESE AFÁN POR RECORDAR


Checa es la palabra rusa que sirve para denominar: Comisión Extraordinaria, que era el nombre de la primera policía política del régimen soviético, creada por Lenin en septiembre de 1917.


En ESPAÑA hubo dos periodos claramente diferenciados por lo que a las checas se refiere. En el primero, desde comienzos de la guerra civil a los fets de maig de 1937, las checas estuvieron bajo el control de la CNT-FAI y las Patrullas de Control.


La dirección de las mismas estuvo a cargo de agentes del NKVD, bajo la dirección de Erno Gëro. La misión llevada a cabo por Gëro y sus agentes era descubrir troskistas e infiltrar agentes en el Partido Obrero de Unificación Marxista, conocido como POUM.


Como vemos, estas primeras checas sirvieron como centros de represión de todos aquellos miembros de partidos de izquierda que no comulgaban con los postulados impuestos por Rusia.


Además sirvieron para detener a todos aquellos civiles y religiosos de ideología contraria a la impuesta por los republicanos.

Las más destacadas checas de éste periodo fueron: el Círculo Ecuestre, la del Banco de España y la del Hotel Colón.


Una vez superados los fets de maig de 1937, que recordemos se centraron en enfrentamientos entre militantes anarquistas y del POUM, con las fuerzas de orden público de la Generalitat y las milicias del PSUC, las checas cambiaron de mano.


A partir de ese momento pasaron a ser controladas por el Servicio de Investigación Militar, el famoso SIM creado por Indalecio Prieto en agosto de 1937. En la época del SIM, el alma mater de las checas barcelonesas fue Alfonso Laurencic.


El jefe del Servicio de Información del SIM fue el asturiano Antonio Ramos.


A parte del SIM, en Barcelona actuó la Brigada de Investigación Criminal, dirigida por Julián Grimau, que tenía su cuartel general en la checa de la plaza Berenguer el Gran, número 1.


Las más destacadas checas de éste periodo fueron: San Elías, Vallmajor, Muntaner 321, La Tamarita y los Barcos-Prisión Villa de Madrid y Uruguay.


Alfonso Laurencic fue, como hemos dicho, el gran promotor de las checas del SIM. Él mismo, en el consejo de guerra que se celebró en Barcelona, en 1939, donde fue condenado a muerte, explicó como ideó los métodos psicotécnicos.


¿En qué consistían?

Las chekas eran reductos de un largo de 2,50 metros de largo, 1,50 de ancho y una altura de 2 metros. Estaban orientadas al sur y recibían constantemente la luz solar, a cuyo calor natural se unía el producido por el alquitranado del suelo, lo que las convertía en hornos asfixiantes.


La ventilación estaba a ras de suelo, en donde una serie de ladrillos verticales impedía el paso normal, de la misma forma que a la tabla que servía de camastro se le había dado una inclinación del 50 por 100 para impedir toda posibilidad de descanso.


Un metrónomo situa­do entre cada dos celdas marcaba incesantemente un ritmo metódico de efectos absolutamente destruc­tivos para el sistema nervioso de los detenidos (Martín Inglés).


Este era precisamente el objeti­vo de los chekistas: un refinado plan de tortura psicológica. Pero no eran solamente estos elementos materiales los conducentes a la des­trucción mental de las víctimas.


Las paredes estaban pintadas con dibujos geométricos destinados a marearles y a ofuscarles visualmen­te. El historiador del arte José Milicua las ha estudiado y encontrado en ellas rastros de algunas caracte­rísticas pinturas de Kandiski, Nohol, Nagy y Jhohanes Itzen..


A los presos sólo les quedaba con­templar las cuatro paredes, una de las cuales estaba combada, y lo que veían eran figuras de ilusión óptica como dameros, cubos, círculos de colores, espirales, que al conjuro de una potente luz, simulaban movi­miento y hacían trizas sus nervios.


Un apoyo adosado a la pared impedía sentarse. No se podía pasear por la celda, pues se colocaron, estratégicamente, unos ladrillos en el suelo, que impedían caminar. Con lo cual, la única distracción del preso era mirar las figuras geométricas.


Esta forma de tortura no fue la única que se practicó en las checas de Barcelona.


Se recogen aquí dos casos .

El primero es el testimonio de Trinidad Mariner. Poco después de estallar la guerra, ella y su madre, fueron encarceladas en el Barco-Prisión Villa de Madrid. Allí conoció a unas presas, las hermanas Lasaga.


Con respecto a ese primer encuentro escribe:
"Me presentaron a las hermanas Lasaga, una a una. Estaban las tres, sus padres, dos hermanos y una cuñada; pero los enfrentamientos eran con las chicas y de una en una. Cuando las vi la primera vez, les acababan de dar una paliza horrible, echaban sangre por la boca y la nariz Margarita y Angelita y a Patrocinio, que era la más joven, me la presentaron con palillos entre los dedos de las uñas de las manos y no sé si de los pies, de esto estoy segura; pero no podía ni hablar, del dolor que sentía."


El segundo testimonio es el de Eusebio Cortés Puigdengoles. Al iniciarse la guerra civil fue detenido y trasladado a la checa de San Elías. Nunca más se supo nada de él. Finalizada la guerra y gracias a las pesquisas llevadas a cabo por su mujer, supieron que había sido asesinado, descuartizado y sus restos sirvieron como alimento a una piara de cerdos.


Como vemos, en las checas, se impuso un régimen de crueldad refinada y perversa. Los agentes socialistas y estalinistas del SIM optaron por una represión implacable.


Visto todo esto, es significativo que el gobierno de la República negara la existencia de las checas, como celdas de tortura, asegurando que los presos podían circular libremente por ellas. Según el gobierno, sólo eran prisiones y, en ningún caso, se realizaban torturas.


Las checas de Barcelona fueron, si utilizamos la terminología nazi, auténticos campos de concentración. Hubo hornos crematorios, se torturó, se pasó hambre , hubo violaciones y se asesinó. La represión, contra todo aquello y aquellos que estaban al otro lado de los postulados de la República, estuvo perfectamente planificada, con la ayuda de la Unión Soviética, y con la voluntad de instaurar un estado comunista en España y, en éste caso, en Cataluña.



La visión barojiana de esos años es, en efecto, la de un espectador escéptico y alejado de cualquier forma de sectarismo ideológico, que contrasta con el partidismo de las cientos de "novelitas" que están editándose sobre ese tiempo en los últimos años.


Quizá sea esa proliferación de "novelitas" ideológicamente estupidizadas, o sea políticamente correctas con los tópicos de una izquierda dogmática y totalitaria, la principal explicación de que esta novela no esté presente en el debate cultural y político. Mejor, pues, ocultar la novela de Baroja, dicen los responsables del tinglado político y cultural, porque su objetividad y maestría pudiera terminar fácilmente con la arbitrariedad y faramalla ideológica de los sobrevalorados "nuevos" novelistas hispánicos.


"Miserias de la guerra", que no pudo ser publicada en vida de Baroja por problemas con la censura franquista, pone en cuestión a mucho saltimbanqui literario que ha convertido la Segunda República en una Arcadia Feliz.


La obra es un testimonio espeluznante sobre la incultura, la violencia y los crímenes de una triste época de España que sin embargo, según Rodríguez Zapatero, es la fuente ideológica clave de nuestra democracia.


Si el severo Baroja levantase la cabeza y tuviese ocasión de oír tal aserto de Zapatero, estoy convencido de que se volvería horrorizado a su tumba. Nada más lejos de una república burguesa y liberal, pacífica y dialogante, que la Segunda República a los ojos de Baroja.


El lector de esta obra comprobará, desde la primera hasta la última página, que la II República fue un fracaso, que ineludiblemente condujo al horror de la Guerra Civil. Más aún, quien haya leído esta novela ya no podrá comprender la Revolución de 1936, por utilizar el lenguaje de Baroja, sin percatarse del nacimiento y desarrollo de la II República. Una no es sin la otra. La República trajo inexorablemente la guerra.


Sin embargo, hay políticos e ideólogos, entre otros Rodríguez Zapatero, empeñados en separar el régimen republicano de la guerra civil.

Imposible.

Eso es una manera de "revivir" teatralmente, ideológicamente, aquella época desconociendo por completo el pasado, su historia. Eso es lo que ha hecho, en cierto modo, la izquierda con la República, convertirla en algo peor que un mito, en un tabú.


Una mezcla extraña, que renuncia a conocer de verdad el pasado, la historia, a la par que se afana por volver a vivirlo bajo una representación ficticia, una falsificación del presente, es la principal función de este tabú.


Esta novela tiene que ser leída como antídoto contra esa enfermedad del alma, ese cruel tabú, que a la vez que se ofusca en desconocer el pasado lo utiliza para falsificar el presente. El saldo de "Miserias de la guerra" no puede ser más preciso. Desde el comienzo de la República estaba augurado el desastre.


El horror fue terrible en los dos bandos, pero las miserias del terror impuesto por la izquierda en Madrid en los últimos años de la República convirtieron la capital en un infierno. Las torturas llevadas a cabo en las checas madrileñas, llega a decir Baroja, no tuvieron parangón:
"Me hubiese gustado estar en Madrid durante la guerra en una embajada, afrontando, claro es, el peligro de las bombas, pero caer en una checa (...) debía ser un horror".


En fin, haría bien Zapatero en tomar nota de esta cita de Baroja:

"La República comenzó aquí con las clásicas pedanterías de los revolucionarios. Decretó la abolición de la pena de muerte, y luego ha resultado que no ha habido en España época en que se haya matado más gente".


Y es que no hay recuperación de la memoria histórica que no pase por la memoria pasionis.

Quien lea a Baroja sabrá que toda memoria, incluida la histórica, lleva su cruz.


Baroja retrata, con la desnudez ejemplar de su estilo, lo sucedido en Madrid durante la República y la Guerra Civil. Finge seguir los diarios de un militar y diplomático inglés, Carlos Evans, que vive en Madrid durante esa época. Más tarde, cuando Evans decide dejar Madrid por el peligro que corría, recoge todo lo que sucede a través de la correspondencia que el británico recibe en París a partir de 1938.


El libro es un testimonio durísimo contra la actuación e ideología de los que él llama "rojos", y por ello se ciñe con mucha objetividad a los hechos auténticos. Tan real es que se diría que estamos ante un nuevo "episodio nacional" de Benito Pérez-Galdós.


En efecto, los personajes son los verdaderos protagonistas porque tienen de fondo una historia auténtica y magistralmente documentada. El saldo histórico es contundente: la República no tuvo que ver nada con un sistema democrático.


El anticlericalismo y los desordenes públicos estaban por todas partes. La República fue, sencillamente, un caos completo regido por políticos mediocres e incompetentes.


Si la psicología de Baroja es siempre certera, y de tajo seco, en esta obra actúa como el hachazo de los hombres duros de su tierra. No hay piedad con los miserables.


España, la España trágica y miserable, respira por todas sus palabras como un vaho de animal salvaje y terrorífico. Obstinado en hallar en la realidad hispana fisonomías heroicas, durante la Segunda República y la Guerra sólo se encontró miseria y mediocridad.

FUENTE:
A. Mestre.

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