VERANO

05 noviembre 2013

Operación "Gino"

CORONEL PEROTE
Los americanos intentaron espiar al vicepresidente. Cuando Moncloa se entera, expulsa a toda la delegación de la CIA. Ocurrió en Madrid, en 1984, y ningún periódico lo contó.
¿Reaccionará Rajoy tras las escuchas de la NSA?

La reunión se celebró una tarde de verano en el Palacio de La Moncloa. En un lado de la mesa estaba el presidente del Gobierno. Frente a él, con gesto circunspecto, el jefe del espionaje español, que tenía que informarle de una insólita conspiración que acababan de destapar sus agentes: "Presidente, los americanos nos la han jugado", le confesó. "Llevan años espiándonos. Pero me temo que eso no es todo... ¡Han tratado de interceptar las comunicaciones de un miembro de su gobierno!".

Sin embargo, en aquella ocasión no era Mariano Rajoy, sino Felipe González, quien ocupaba el sillón presidencial. Igual que ahora, acababa de descubrirse una enrevesada trama de espionaje yanqui. Y entonces entre los objetivos de sus pinchazos también se contaban importantes líderes políticos: nada menos que el vicepresidente del Gobierno, el todopoderoso Alfonso Guerra. Pero ahí se acaban las semejanzas.

Mientras Rajoy apenas se ha inmutado por las revelaciones, la reacción González fue fulminante. Nada más enterarse del escándalo, decretó la expulsión de la plana mayor de la delegación de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) en España.
En total, una veintena de operativos tuvo que abandonar el país a lo largo del segundo semestre de 1984. Nunca antes se había tomado una medida tan contundente contra el intrusismo de los espías americanos en nuestro país. Y, que se sepa, jamás ha vuelto a ocurrir.

Junto a Perote, el otro pilar de la operación Gino fue el espía Jesús G. Durante la Transición, este avispado agente, de unos 35 años, había formado parte de la escolta presidencial de Adolfo Suárez. Sin embargo, con la llegada de los socialistas al poder, prefirió buscarse un nuevo destino. Al final, acabó ubicado en la Agrupación Operativa de Medios Especiales (AOME) del CESID, bajo las órdenes directas de Juan Alberto Perote.

Uno de sus contactos más estrechos era Gino Rossi, un experto en explosivos que siempre le daba palique.

El espía español realizaba "trabajos menores" para los americanos. A cambio, obtenía inteligencia estadounidense sobre asuntos domésticos de su interés, principalmente el terrorismo de ETA. "Los americanos tenían datos sorprendentemente jugosos sobre lo que ocurría en el Norte", recuerda Perote. "Sin embargo, sospechábamos que este intercambio de información no era su auténtico objetivo. Sabíamos que, tarde o temprano, pedirían algo más a Jesús. Pero tardamos varios meses en averiguar el qué...".

A principios de los años 80,  su red de espionaje era mucho más amplia. Según estimaciones del periodista especializado Enrique Barrueco, en aquella época contaban con unos 1.500 hombres, incluyendo los agentes incrustados en instituciones oficiales o privadas, además de los colaboradores fijos y ocasionales, muchos de ellos espías españoles.

Al frente este pelotón de agentes se encontraba N. Richard Kinsman. Su cargo oficial, primer secretario de la Embajada, era una mera tapadera para su auténtico oficio: jefe de operaciones de la CIA en España desde julio de 1982.  Bajo esta cortés fachada se camuflaba un halcón curtido en el trabajo sucio de la CIA en países de su patio trasero como Perú, Venezuela, Colombia. Antes de llegar a España, su último cargo fue la jefatura de la agencia en Jamaica. Sin embargo, tuvo que abandonar este destino precipitadamente: su identidad se filtró en un boletín de contraespionaje en julio de 1980 y, apenas 48 horas después, su domicilio particular recibió un ataque con metralletas y granadas. Tras este susto, su siguiente destino fue Madrid.

Entre sus hombres más eficaces se encontraba Gino Rossi, el enlace americano de Jesús R, con quien había establecido una fructífera colaboración. O, al menos, eso creía. Fue Richard Kinsman quien decidió la siguiente misión para Jesús R: la operación de espionaje de Alfonso Guerra. "Gino pidió a Jesús que le ayudara a colocar un canario (micrófono) en casa de su pareja de la época. No es que yo tuviera gran simpatía por Guerra. Pero me pareció una deslealtad intolerable por parte de los americanos. Decidí que teníamos que actuar".

El hallazgo colocó a Perote en una tesitura endiablada. Juan Alberto Perote decidió puentear a los servicios de contrainteligencia y abordar directamente el asunto con el director general del CESID, el general Emilio Alonso Manglano. Este, a su vez, trasladó la peliaguda información a Felipe González aquella tarde de verano en La Moncloa. La reacción del presidente fue una mezcla de enfado, incredulidad y estupefacción.

"Nos ordenó que obráramos con la discrección debida, pero que obráramos", asegura Perote. Tras la reunión, Manglano escribió una misiva al jefe de la CIA, William J Casey. En ella, le explicó el incidente con Gino Rossi y le reclamó que, como desagravio, retirara a toda su delegación en Madrid. Los americanos, atrapados in fraganti en una jugarreta a un país aliado, no tuvieron más alternativa que aceptar la represalia y disculparse por carta.

"Como resultado de la operación, se vieron obligados a abandonar España forzosamente 20 funcionarios, entre secretarios, consejeros y agregados militares", cuenta Grimaldos en La CIA en España. Eso sí, la operación se llevó a cabo con la discrección más absoluta. En la prensa de la época apenas apareció algún breve repleto de eufemismos y que no informaba con precisión de la magnitud de lo sucedido. Es decir, justo lo contrario que ahora, cuando la información sobre las escuchas de la NSA es tan abundante como escasas las represalias contra el espionaje americano. Al menos, por ahora.

G. Suarez

NOTA del BLOG
En el libro de Alfredo Grimaldos sobre la CIA en España, dice cosas como las siguientes : "Felipe González fue un hombre de los norteamericanos y de la Social Democracia alemana desde siempre. Pero para llegar al poder le interesaba ofrecer una imagen de izquierda. Y para ello necesitaban, los de la CIA, un GOLPE DE ESTADO. El del 23-F."

"Suárez le había cogido gusto al poder y se desmarcó de la senda marcada por EEUU. Tuvo sus veleidades tercermundistas como ir a la Cumbre de Países no Alineados en Cuba, había hablado bien de Gadaffi… Se les había ido de las manos y no estaba muy dispuesto a quitarse de en medio. Por ello la CÏA le montó el 23-F.



 

4 comentarios:

  1. Yo la verdad me estoy descojonando bastante ante las reaciones semiangustiadas e impostadoras de nuestra Casta ante el tema de espionaje. Los mismos que violan la constitucion y se cagan en la nación y en los españoles, se ponen estupendos ahora. Como si no supieran se espía a tutiplen.

    Esto es la tinta del pulpo que sirve para esconder otros asuntos. Siempre ha habido espionaje, siempre se ha espiado y se espiará, incluso a los aliados. Y ahora más todavía, merced a redes informáticas y mediante las que se pueden controlar incluso infraestructuras vitales de un país.

    Y así, hemos pasado un ratito sin hablar de la implicacion de la casa real en el caso Noos, ni de la repugnante excarcelacion de la escoria etarra con el visto bueno del Gobierno de España

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    1. SEÑOR OGRO
      Totalmente de acuerdo.
      Lástima que los chicos de la CIA no se dediquen a espiar al Bourbon Beafeeter y a los ropones del T.S y sus componendas con el Gallardón.

      Tengo la cuasi-absoluta convicción de que los VOTANTES apañoles no pintamos nada ni en elegir gobierno ni en lo que ese gobierno considera prioritario en cada ocasión.

      El Senado Romano, cuando gobernaba el Mundo, enviaba a cada región a unos proto-cónsules para vigilar e imponer lo que a Roma convenía, y eso los gringos lo copian muy bien. Y me da en la nariz que incluso ayudan a los ugetistas andaluces a hacer limpia de dineros públicos.

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  2. Respuestas
    1. DON MAMUNA
      Es más castizo que el chotis en Madrid el que se espien todos a todos, tal como comentas. Y más los amos del Imperio para que sus "negossi" no se vayan al carajo sin enterarse previamente. Creo que hasta los propios obispos se espían entre ellos.

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