25 julio 2017

El Terraceo


Su llegada marca cada año la llegada del buen tiempo. Se antojan como pequeños oasis de libertad y esparcimiento en mitad del asfalto, y lograr hacerse con un sitio en algunas de ellas puede llegar a ser motivo de loas y alabanzas.
Las primeras que se instalaron en la calle y en las que la gente comía en verano fueron las de los cafés París y Francia, situados en el pasaje Matheu.
Los veranos de la Villa y Corte en los que un vaso frío de aloja, elaborada con agua, miel y especias, era el remedio más común contra el calor. Los mismos veranos en los que la nieve que portaban en neveros las mulas desde la Sierra de Guadarrama se almacenaba en los pozos que albergaban la calle Fuencarral y la glorieta de Bilbao.
Más adelante, llegarían las aguas de cebada, de anís, de canela, de azahar, de hinojo, de romero y, ya más recientemente, la limonada, la horchata y los granizados.
En estos lugares también se servía cerveza y algunos establecimientos vinculados a fábricas de esa bebida.El mundo de la cerveza y de los refrescos no era el de los cafés, que solían ser un reducto intelectual y político, espacio de tertulias, debates y conspiraciones.
Por ese motivo, pese a lo extendida que hoy está la sana costumbre del terraceo, esta idea no siempre fue bien recibida en según qué contextos.
Así sucedió, por ejemplo, en el Café de Fornos, uno de los establecimientos pioneros en ofrecer este servicio. Fundado en 1870, en el número 19 de la calle Alcalá, no tardó en ganarse las alabanzas de la prensa local, que lo ensalzaba como "el más lujoso de Madrid". Sin embargo, ese idilio mediático se rompió con brusquedad en 1887, fecha en la que inauguró su terraza.

Mientras que algunos medios tacharon la idea de "provinciana", otros como la revista 'La Ilustración Nacional' fueron aún más rotundos en su postura: "En la acera del Café de Fornos habrán visto ustedes mesas y sillas. En cuanto convinieran media docena de tontos en tomar café en medio de la calle, sería indispensable que las personas de bien salieran con escopeta", dijeron.
Que un café estableciera terraza era algo que lo vulgarizaba.



10 comentarios:

  1. Cuidado que eran antiguos los de aquella época. Seguro en pleno calor de verano no se quitaban ni la chaqueta, el chaleco y el sombrero de bombín. Además de los botines.

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    1. DOÑA CASILDA.
      Eso seguro. Ni a 40 grados de calor se quitaban de encima el chaleco y la chaqueta. No les iba el estar cómodos de ropa porque rompia toda apariencia de diferenciarse de los peones de obras.

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  2. La revista esa de la Ilustración Nacional no acertó mucho. Porque ahora lo más habitual y cómodo es sentarse en una terraza al aire libre en los más variados lugares de Europa.
    Por tanto ni de tontos ni de provincianos.

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    1. DON ARMANDO.
      Efectivamente no acertaron con el futuro que se les vanía encima los precursores de cafés bien cerrados y llenos de humo.

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  3. En primavera y verano es una gozada hacer una tertulia sentado en una terraza de café o de heladería. Y además permite consumir y fumar.

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    1. DON CABALLERO.
      Es mi pasatiempo preferido en verano. Y allí en donde caigo, tras patear un poco la ciudad busco una bonita terraza en donde tomar un café con hielo o una bien sin alcohol.

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  4. Aquellos caballeretes, muy dignos por fuera, y que tachaban de provincianos a los terraceros, seguro que ignoraban lo que era una ducha diaria porque a lo sumo se bañaban una vez al mes en una bañera.

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    1. DON MOLLARRI
      Creían que el agua en el cuerpo atraía un montón de enfermedades, y por eso en vez de lavarse hacían lo mismo que ahora hacen los ingleses : perfumarse tras pasar un trapo por los sobacos.

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  5. Hay algunos que viven más de la terraza que del interior del local.

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  6. DON TRECCE.
    Cierto. Los fumadores son más proclives a la terrazas por aquello de consumir y fumar. Y las cafeterías cada vez ocupan más espaciio en las calles con sus terrazas.

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Si algún comentarista o lector del bloc lee algo de un tal METAL, hágase a la idea de que es un esquizofrénico analfabeto con vocabulario limitado a CUATRO PALABRAS INSULTANTES.
Por tanto, ni caso.