VERANO

06 noviembre 2012

Bombardeo de Madrid

En la madrugada de aquel viernes, 28 de agosto de 1936, el horizonte se pobló de trimotores, amenazas y bombas. El cielo de la capital de España perdía su virginidad al ser Madrid bombardeada por primera vez.

El ataque fue realizado por un Junker-52 pilotado por Rudolf Von Moreau, sirviéndole de observador y copiloto el capitán español Joaquín García Morato. El teniente Von Mareau, líder de bombardeos experimentales de la Luftwaffe alemana, se haría tristemente famoso meses después (26 de abril de 1937) al participar en el ataque aéreo sobre Guernica, mientras que García Morato, héroe de la aviación nacional fallecería a los pocos días de finalizada la contienda (el 4 de abril de 1939) durante una exhibición victoriosa en el aeródromo de Griñón.

El Junker-52 comenzó a vomitar sus artefactos sobre el Ministerio de la Guerra (ubicado en el Palacio de Buenavista, actual sede del Cuartel General de Ejército, en la plaza de Cibeles) y la estación del Norte. El ataque causó un muerto y varios heridos. El bombardeo, efectuado desde 500 metros de altitud, sorprendió a la ciudad. Las luces no se apagaron y aunque alguna sirena aulló, lo hizo 10 minutos después de finalizado el ataque.

El avión del ataque, el Junker-52, fue el más célebre de todos los bombarderos alemanes. La versión militar, estrenada en la Guerra Civil española resultaría inestimable en muchos aspectos bélicos, siendo luego utilizada ampliamente en la Segunda Guerra Mundial. Su aspecto siniestro, enorme y negro le convertía a ojos de los madrileños en un espeluznante monstruo.

Los aviones entraban sobre Madrid perfectamente alineados, serios, en escuadrillas muy bien formadas, serenas y muy tristes. Pero, de vez en cuando, la perfección germánica saltaba por los aires cuando aparecía ágil y por sorpresa la aviación republicana. Alegres y saltarines surgían entre las nubes los cazas soviéticos I-15 e I-16 "los chatos" y "las moscas", que hacían retroceder a los pesadísimos "rinocerontes". El cielo de Madrid no era una fiesta, pero la guerra en las alturas hizo estallar castillos de fuegos nada artificiales.

Los Junker-52 fueron bautizados "la burra de la leche", porque siempre aparecían de madrugada, al despuntar el alba como los lecheros. El gracejo castizo madrileño, junto al heroísmo de sus habitantes, supo hacer copla común su resistencia.

Al día siguiente, 29 de agosto, el ABC de Madrid se hacía cuenta del suceso: "Otros vuelos estériles sobre Madrid. La madrugada de ayer voló nuevamente sobre Madrid la Aviación enemiga. Rápidamente el servicio de Vigilancia y Defensa se apercibió de la presencia del enemigo y, entrando en acción, puso en fuga a los facciosos. La población civil apenas si se enteró. Las milicias, en su mayor parte, cumplieron las órdenes recibidas de no hacer fuego de fusil por no tener eficacia y, en cambio, se alarma con él a la población".

Sin embargo, los visitantes de la noche no se limitaron a lanzar bombas durante sus cruces aéreos sobre Madrid. También arrojaron proclamas, panfletos y mensajes firmados por el propio general Franco. Así eran interpretados ese día por el periódico Ahora: "Franco dirigiéndose a los españoles dice: "Si queréis salvar la vida entregaos sin condiciones a nuestra generosidad".

Con el paso del tiempo los bombardeos se fueron mecanizando, pero en los primeros meses de la guerra las bombas se lanzaban con las manos desde los aparatos aéreos. Uno de los primeros soldados españoles que pasó a formar parte de las unidades alemanas describió las dificultades de estas operaciones militares hasta que a los Ju-52 se les dotó de los portabombas adecuados:

"Mi posición en el aparato se ubicaba dentro de una torreta de cubo suspendida entre las patas del tren de aterrizaje. Llevaba un parabrisas frontal y un emplazamiento de ametralladora, y en invierno resultaba muy frío. Tuvimos que inventarnos la manera de arrojar las bombas. Cortamos en el suelo del avión una trampilla y apilábamos las bombas a ambos lados de la abertura. Mi trabajo consistía en sentarme en el suelo con las piernas colgando en el espacio, mirando hacia debajo y hacia delante del avión.

Al aproximarnos a nuestro objetivo, un miembro de la tripulación se ponía de pie a cada lado para ir dándome las bombas alternativamente. Pesaban de nueve a 50 kilos, y aunque todo era muy primitivo, con la práctica logré una elevada proporción de aciertos. Era cuestión, sobre todo de soltar las bombas en el instante preciso.

La pega principal era que, al llevar abierta la trampilla, entraba por allí una corriente muy fuerte, y mientras yo sostenía la bomba en posición, el viento hacía girar el mecanismo para activar, con lo que uno de los tripulantes tenía que sujetarlo con las mano para que la bomba no hiciera explosión".

Lo cierto es que, por imprecisión técnica, instinto criminal o mala puntería, las bombas caían en cualquier parte, sin ton ni son.

El escritor republicano Arturo Barea dejó también constancia de la brutalidad de los ataques. "Piso de nuevo la calle de Ferraz, tan sola, que mis pasos suenan a hueco. Y entonces comienza el bombardeo de todos los días. Estallan las granadas sobre las casas muertas, abriendo nuevas heridas en sus cuerpos desgarrados. Aquel piano que quedó inmóvil y solo en noviembre del año pasado, caído sobre una de sus patas rotas, mostrando la dentadura amarillenta de sus teclas, como un monstruo moribundo, da un grito: un casco de obús rompe sus cuerdas, hasta hoy tensas. La nota chillona retumba en toda la calle, en todo el barrio vacío. Entre explosión y explosión, las cosas, las calles, gritan sacudidas por la metralla. Yo me quedo acurrucado en el portal de una casa, muerto de miedo a las cosas muertas".

Aunque aquel 28 de agosto fue el estreno del ataque aéreo sobre Madrid, no era la primera vez que se bombardeaba desde las alturas una ciudad en nuestra guerra. El mismo 18 de julio, desde el aeropuerto sevillano de Tablada, antes de que fuera dominado por Queipo de Llano, aviones Douglas DC-2 y Fokker FII leales a la II República realizaron toda una serie de incursiones sobre Ceuta, Melilla, Larache y Tetuán. Fue en concreto sobre Tetuán donde se lanzaron ocho bombas que cayeron de pleno sobre la población civil, produciendo numerosas víctimas al alcanzar la mezquita y el barrio árabe.

A Tetuán habría que anotar después una lista interminable de pueblos y ciudades por ambos bandos: Albacete, Murcia, Barcelona, Granada, Huesca, Zaragoza, Gijón, Oviedo… Madrid tampoco estaba de nuevas, ya que el mismo 18 de julio desde el aeródromo de Cuatro Vientos despegaron aviones que atacaron a los militares y civiles sublevados en los cuarteles de la Montaña y Campamento.

En julio de 1936, la aviación militar española contaba en total con 241 aviones operativos, a los que había que añadir otros 72 de segunda línea. Una vez fracasado el golpe del 18 de julio, apenas 100 aparatos quedaron en poder del bando rebelde. Esta situación de inferioridad aérea inicial se iría igualando a favor de los nacionales con la llegada, ya a finales de julio de 1936, de los 12 primeros aparatos mandados por Mussolini (los italianos llegarían a mandar más de 748 aviones durante el transcurso del conflicto bélico); y en agosto de 1936, la Alemania hitleriana envió a los generales sublevados en España 20 aviones Ju-52. La mitad de ellos desembarcaron del buque Usuramo en Cádiz el 6 de agosto.

Uno de estos Ju-52 fue el que bombardeó Madrid el 28 de agosto. (La ayuda alemana a Franco llegaría a sumar 593 aviones en 1939). En el bando republicano el principal soporte fue el de la Unión Soviética que entre Chatos, Superchatos, Moscas, Katiuskas, Rasantes y Natachas llegaron a sumar en 1939, 1.111 aparatos (aunque la II República llegaría a comprar en el exterior otros 364 aviones de distinta procedencia).

Madrid fue una de las ciudades españolas que más sufrió los ataques aéreos, pero también los obuses y los proyectiles de la artillería. Barrios enteros como el de Argüelles y la incipiente Ciudad Universitaria quedaron completamente destrozados.

En cuanto a las víctimas mortales, siempre hay polémica. Los historiadores coinciden en que fue Barcelona, con una cifra en torno a las 2.500, la ciudad con un mayor número de víctimas mortales por ataques aéreos. Madrid estaría en segundo lugar con cerca de 2.000 (aunque una parte de las víctimas lo serían también por fuego de artillería). Luego vendrían: Valencia, Alicante, Durango, Guernica, Lérida, Córdoba, Palma de Mallorca, Granada, Sevilla… La lista sería interminable e incluye toda la geografía española.

El aviador e historiador Ramón Salas Larrazábal se atrevió a sumar los datos y concluyó que de manera global se puede apuntar que 4.000 civiles murieron por acción aérea en la zona franquista y 11.000 en la gubernamental.



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